Crítica | Licorice Pizza (2021)

Hermosa inseguridad

Es la última escena de Licorice Pizza la que concluye la historia entre Alana (Alana Haim), una joven de 25 años, y Gary (Cooper Hoffman), un adolescente de 15. Su historia termina de forma predecible, con un acto anticipado, parte de una épica envuelta en vibras de los años 70 que deambula sin prisa por despedir a sus protagonistas. La última escena nos libera de la presión de lo que podría definirse como un cruce entre un romance y una coming of age, y con ella toca reflexionar sobre el tiempo pasado con los carismáticos personajes. De camino a su destino, Licorice Pizza ofrece viñetas de un amor imposible y una juventud insegura, elevadas por una nostalgia cinematográfica y un claro amor por otros tiempos. Tiempos que, por encima de su fascinante recreación, permiten darle sabores diferentes a esta oferta. El director Paul Thomas Anderson construye una película simple que encuentra una libertad envidiable, una falta de rumbo encantadora y una comodidad contagiosa. Cuando llega el momento de reflexionar acerca del camino transcurrido, existe una decepcionante realidad: debemos abandonar a esta pareja propensa a las aventuras y a las manos del director que las convierten en un cine fantástico.

Aunque impresionante y compleja, la filmografía de Paul Thomas Anderson puede dividirse en ciertos grupos. Clasificar sería injusto hablando de uno de los mejores cineastas vivos, sin embargo, señalar a Licorice Pizza como hermana de Boogie Nights e Inherent Vice dice mucho de esta nueva pieza. La era de estas historias es un lugar común, prueba del obvio interés de Anderson en los años 70. Su nueva película cobra vida con vibras que mandan más que un argumento, cuyas extravagancias brillan por su espontaneidad. Eso es emparejado junto a una relación fascinante, que a la vez carece de rumbo o pasa de inadecuada a intrascendente. Licorice Pizza es la película más sencilla, más obvia y más liviana de Anderson, así como también es la pieza que más requiere de su envidiable poder detrás de la cámara.

Lo que inicialmente parece una relación que podría jugar con los conflictos provenientes de un amor entre un adolescente y un adulto, Licorice Pizza lo usa como punto de partida para describir la inseguridad juvenil. Desde la primera a la última escena, Alana y Gary están bajo el reflector, pero ambos se convierten en un vehículo para referirse a lo que los rodea. Más que como pareja, ambos protagonistas pasan a interesar por separado, abriendo paso a diferentes personajes, eventos, chistes o recuerdos de la época. Por fuera de su posible relación amorosa y constantes desacuerdos, Anderson se interesa por dos jóvenes lidiando con sus respectivas inseguridades, futuros y presiones sociales. Los años 70 encajan en la ecuación, sirviendo de escenario para varias viñetas donde los protagonistas evidencian su falta de madurez o su dificultad para pasar página. Las viñetas en cuestión se aprovechan de la era y del mundo al que Anderson da vida. Perdiéndose entre personajes caricaturescos y desvíos sumamente disfrutables, este viaje al pasado es aprovechado y comunica su sentimiento. La época no resulta un capricho, es una necesidad, un paseo agradable en el que uno se acostumbra a la falta de rumbo.

El cine de Paul Thomas Anderson no solamente se define por sus actores, sin embargo, Licorice Pizza nunca lograría ser lo que es sin los dos interpretes en el centro. El director es inteligente al incluir un par de estrellas en secuencias esenciales, pero el corazón de la película le pertenece a Alana Haim y Cooper Hoffman. Parte de Haim, banda de música con la que Anderson ha colaborado mucho, Alana Haim es una revelación como pocas, mostrando una personalidad única que convierte a su personaje en algo irresistible. Es una perfecta mezcla entre el carisma y la realidad. Por su parte, Cooper Hoffman, hijo del fallecido Phillip Seymour Hoffman, también da una primera interpretación perfecta. Es la cara de la adolescencia, del deseo por crecer y fallar en el intento. Entre ellos hay algo cinematográfico, peculiar y muy humano. Conectan a la película con la realidad incluso cuando la misma opta por viñetas compuestas por comedia y esporádicos encuentros con personajes excéntricos. Hay toda clase de sensaciones en Licorice Pizza y las mismas se mezclan para crear un aura que nos hace disfrutar del viaje. En las manos de Anderson está la misma seguridad de siempre, solo que vertida sobre algo más sencillo y cálido, sobre un optimismo bien manejado, que no olvida las imperfecciones que construyen a los mejores personajes. Contando con nombres muy conocidos delante de la cámara, puntos altos en varias viñetas, la película no tiene miedo a dejarlos atrás y seguir caminando junto a los protagonistas. En sus manos hay una comodidad única, disfrutable especialmente cuando la trama se detiene. Ver a Paul Thomas Anderson logrando eso último es otra razón para seguir considerándolo un maestro. Licorice Pizza es otra pieza más de su magnifica colección.

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