Crítica | Amor Sin Barreras (2021)

Barreras rotas con música

Desde el comienzo, Amor Sin Barreras (2021) siempre estuvo rodeada de dos dudas. La primera está relacionada a su propósito, a la necesidad de reinterpretar cinematográficamente un musical de adaptación memorable, mientras que la segunda refiere a su director, el legendario Steven Spielberg. Aunque Spielberg sea uno de los directores más polifacéticos, exitosos y capaces de la historia, el cineasta nunca probó suerte con el complejo género del musical, un cine capaz de sabotear las habilidades de los mejores profesionales. Por lo tanto, pensar en un Spielberg incapaz de ofrecer todo su talento a una adaptación algo innecesaria aludía a un panorama lleno de incertidumbre. Frente a la misma, se podría decir que el verdadero resultado de Amor Sin Barreras finalmente terminará en manos de los espectadores, en su capacidad para disfrutar de este musical de Broadway, porque, en lo que refiere a las dudas iniciales, las mismas quedan perfectamente resueltas por un Steven Spielberg que se para en la cima de otro género gracias una película que sabe justificar su existencia.

Basada en West Side Story, musical original creado por Stephen Sondheim, la película de Spielberg se alza sobre la anterior adaptación cinematográfica de 1961 en base a un estilo clásico y ejecución contemporánea. Un acercamiento elevado por una dirección astuta y sumamente intensa cuando debe serlo. La propuesta reconoce como mezclarse entre lo épico y lo intimo para desatar su potencial como tragedia musical, una que aprovecha su inspiración en Romeo y Julieta para narrar una historia acerca de la división racial que no solo se siente adecuada y necesaria al día de hoy, sino que ofrece un mensaje tradicional que casi resulta fresco en comparación con otras películas recientes. Tanto lo acertado como lo anticuado de la obra de Sondheim sigue estando presente aquí, no hay intervención, pero la dirección coloca todo en un espacio seguro, en un musical que consigue transmitir sus cimientos antiguos para que podamos volver a disfrutar de ciertas concepciones del pasado. El relato se para sobre un romance instantáneo, de pasión a primera vista, así como de rivalidades excesivas y puntuales, y ambos elementos funcionan de la mano de las secuencias musicales, una sólida fusión entre teatro y cine, y un trato bastante progresista en lo que concierne a la representación cultural de Hollywood.

El aspecto de Amor Sin Barreras no dista demasiado del cine reciente de Spielberg al verlo trabajar con su habitual director de fotografía, Janusz Kaminski, pero su energía es algo diferente. Abrazando la temática del musical, que se centra en el enfrentamiento de dos bandas callejeras, la ejecución se abre a un balance que puede acompañar momentos delicados y agresivos. Las temáticas de la historia se encuentran en el baile y la música, lo que da lugar a hermosas coreografías que simulan luchas callejeras, enromes festejos urbanos e intimas declaraciones de amor. Más allá de su música, la adaptación ofrece una mirada que aprovecha la naturaleza de su historia, en la que jóvenes estadounidenses y puertorriqueños se encuentran envueltos en una rivalidad proveniente de valores impuestos por la sociedad que comparten. El musical introduce varios personajes de habla hispana, y frente a ellos, la película abre un espacio para que hablen su primer idioma con libertad, sin la presencia de subtítulos. Esto produce una creíble combinación de idiomas que encaja con la realidad de los personajes y que consigue que Hollywood dé un paso adelante. Es una decisión que responde a nuestra era y es uno de varios aspectos que le regalan autenticidad al musical.

No importa cuantos elogios pueda darle a Spielberg por su adaptación, ninguno supera el que merece su reparto. Principalmente protagonizada por interpretes jóvenes y de carreras cortas, el talento resulta increíble. La energía del musical queda a cargo de actores que merecen estar frente a una cámara, que enamoran por sus voces, su carisma o su fluidez corporal. Entre todo ese talento, lo que no puede olvidarse es el debut de Rachel Zegler como María, actriz que destaca por una tierna interpretación que queda a la altura de su difícil tarea, cargar con gran parte del peso dramático en juego. Sea con una melodía o con la ilusión de su rostro, ella hace que lo clásico suene convincente, que el musical vibre entre las ideas pasadas y la enérgica propuesta que agrega Spielberg. Amor Sin Barreras encuentra valor en el presente sin privarnos de sus formas más clásicas, regala un musical que consigue golpes duros con su tragedia y enormes alegrías con sus melodías más bellas. Acercándose al musical por primera vez, Steven Spielberg vuelve a lucir su maestría en múltiples géneros y agrega otro bajo su brazo. Aunque no es lo único que hace, la música también lo conduce a su mejor película en una década.

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