Crítica | Ghostbusters: El Legado (2021)

Manejada por nostalgia

El reboot es una moneda tan corriente en Hollywood que ya es difícil cuestionarla. A este punto, el debate a su alrededor debería tratar acerca de la forma más adecuada para revivir una franquicia, y para ello, la serie de Los Cazafantasmas es un ejemplo ideal en base a sus dos extremos. En 2016, las ansias por reiniciar transformaron aquella película de ciencia ficción y comedia de 1984 en algo menor. De la mano de Paul Feig, la propuesta tenía una mirada contemporánea pero en el proceso erradicaba parte de la mágica original. El camino por revivir Cazafantasmas es interesante porque ese primer reboot nos conduce a Ghostbusters: El Legado, un cine que camina en la dirección totalmente opuesta. En vez de olvidar, esta aventura abraza la nostalgia para dar nueva vida, sugiriendo que su serie no puede reinventarse a la vez que introduce maneras sinceras de mantener su legado.

Con el director Jason Reitman a la cabeza, el nuevo paso en esta franquicia se deshace de las distracciones y se centra en un pequeño pueblo y una familia. Una madre y dos hijos se mudan a la casa de su difunto abuelo y en ella descubren el antiguo equipamiento de los cazafantasmas, el cual se vuelve útil cuando el pueblo empieza a sufrir eventos paranormales. Tengo un punto débil por el cine de Jason Reitman, sin embargo, lo que consigue aquí tiene poco que ver con su trabajo en películas como Juno o Up in the Air. Siendo el hijo de Ivan Reitman, director y productor de la primera Cazafantasmas, es claro que ésta es una labor sentida para Jason Reitman, proveniente de un respeto y recuerdo que dibujan una suerte de verdad en lo que podría ser la explotación de otra franquicia. El Legado trata de nostalgia y prosigue a descubrirla de forma amigable, no se trata sobre novedad sino sobre redescubrir. Si bien es una historia protagonizada por nuevas generaciones, se usa a las mismas para devolver ese sentido de aventura, de magia alrededor de un concepto tonto pero sumamente cálido, obviamente más cómodo en manos del cine de décadas pasadas. Eso último es esencial y es lo que convierte a la secuela en una historia alejada, donde la tecnología aparatosa de los cazafantasmas vuelve a tener sentido y donde los ojos inocentes encuentran el encanto del pasado sin la necesidad de trucos nuevos. Es nostálgica por todo lo que revive pero también por el tipo de película que pretende ser. Mientras el reboot de 2016 proponía dar lo mismo con otra mirada y otro elenco, aquí quedamos a merced de una aventura anticuada entre niños, que reconecta con el espíritu de esta franquicia y recuerda lo sincera que puede ser con un poco de cariño.

Con el optimismo aparte, es cierto que muchos trucos en el arsenal de esta secuela obedecen a técnicas que pueden excederse. La nostalgia es el motor de la película pero también una breve perdición. Es mágico ver como los personajes conectan con la franquicia a partir de su tecnología pasada, fantasmas coloridos y alguna que otra sorpresa, pero de cara al tercer acto, el balance entre lo nuevo y lo antiguo se equilibra demasiado. La presencia de las películas pasadas se excede cuando uno descubre la solidez de los personajes y elementos nuevos. Gracias a esa suerte de aventura infantil, el argumento confía en el carisma de personajes y actores que nos reencuentran adecuadamente con esta franquicia. Ghostbusters: El Legado no sería lo mismo sin Paul Rudd o Mckeena Grace, el primero como un profesor de escuela obsesionado con los cazafantasmas y la segunda como una intrépida y reservada protagonista capaz de cargar con toda la película en sus hombros.

Durante su primera secuencia de acción, que se reduce a una simple persecución por un pueblo casi vacío, Ghostbusters: El Legado invoca todo lo necesario para golpear con la dosis perfecta de sinceridad y nostalgia. El interés por cruzar los limites que propone esa excelente escena decepciona y al mismo tiempo resulta justificado. Ahora, que la película no pueda mantener las dosis correctas tampoco la descalifica, ya que su merito como carta de amor a una franquicia por parte de un hijo a un padre sigue más que viva. Ese aspecto queda plasmado en el propio argumento, pero su poder se ve sobre cada detalle, por el afecto palpable incluso queriendo desmantelar las intenciones del reboot pasado. Mirandola fríamente, esta secuela es otro esfuerzo por revivir un fantasma del pasado, mientras que abrazado a sus calidez, la aventura gana vida propia.

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