Crítica | Duna (2021)

Un destino para valientes

Algunas veces los sueños se hacen realidad.

La épica superproducción de Duna está construida alrededor de temáticas oníricas y de la aceptación de un destino, pero los sueños a los que me gustaría aludir primero son los de un cineasta. Desde joven, el canadiense Denis Villeneuve ha querido adaptar la celebrada novela Duna de Frank Herbert, y se podría decir que ha compartido dicho sueño con otros cineastas. Por ejemplo, el chileno Alejando Jodorowsky intentó filmar una adaptación pero falló en los años 70, mientras que David Lynch si estrenó una versión de la novela en 1984. Ahora, el resultado de esa última no dejó a nadie satisfecho, especialmente al propio director. La historia de Duna en el cine es larga y está llena de tropiezos, es un sueño imposible que ha estado en la mente de varios realizadores. Bueno, un sueño imposible hasta ahora. Hoy, Villeneuve recibe el honor de enfrentarse a esa adaptación imposible, de adquirir el valor para cumplir sus deseos, y frente a tal cometido, sale triunfante. No es fácil conseguir lo anhelado, pero el director demuestra entereza en este momento tan decisivo. Su Duna alinea los elementos correctos para formar una superproducción diferente, que destaca la valentía de su autor, una obstinada visión al nivel de un desafío históricamente complejo. La película no solo se siente onírica por sus temáticas, por momentos es un cumulo de sueños cumplidos, una inyección de fe para el futuro de la superproducción, un destino improbable que hoy se siente más real que nunca.

Siendo inspiración para tantas otras historias de ciencia ficción, la épica Duna no necesita demasiadas introducciones a sus temáticas. Eso crea un reto, el proponer interés sobre una narración que, a grandes rasgos, ya conocemos. Ahí entra el delicado trato de una producción dispuesta a tomar riesgos para ser fiel al material original. En esa fidelidad está su primera sorpresa, el presentar su título en pantalla junto a un subtitulo con las palabras «Parte Uno». La propuesta de Villeneuve resulta fiel al trabajar Duna como una novela, con un guion que desarrolla su mundo con calma y que, a cambio de darnos solo la mitad de una historia, transmite en detalle la poderosa evolución del protagonista. El camino de ese personaje, Paul Atreides (Timothée Chalamet), heredero de una familia poderosa en el orden interplanetario, no se extiende demasiado en lo que propone esta primera parte, aunque el tiempo es aprovechado para analizar con calma las temáticas que se desprenden de su lucha con los sueños, la valentía y el destino. Si hablamos de valentía, ser media película supone un enorme riesgo para esta producción, por no saber si podrá continuar su historia, o por arriesgarse a ser una experiencia sin demasiado rumbo. Ahora, el riesgo se demuestra necesario al considerar a Duna como una obra sin precedente, conocedora de las técnicas del cine épico pasado y hábil con las herramientas contemporáneas, utilizando sus magníficos efectos visuales a favor de su historia y universo. Por momentos se siente un épica legendaria y en otros se entrega a un alma poética, pero en conjunto, ambos lados se traducen a una superproducción de historias conocidas que saben cómo sonar profundas.

Duna cuestiona que otras épicas esquiven un desarrollo pausado y acaba teniendo razón. Partiendo con un trato serio del material, la película se luce por factores completamente entregados a su visión, dónde todo resulta único. El mundo que ofrece Duna comienza por la exposición para poder perderse en su gran universo, el cual se explica hasta dónde debe. Sea porque es un fragmento de una historia mayor o porque prefiere mantener una cierta ambigüedad, esta primera parte camina lentamente sin la necesidad de que el espectador conozca cada detalle. Duna es una experiencia sensorial, que se preocupa por hipnotizar al espectador antes de relatarle textos expositivos. Esos existen, aunque el verdadero peso se pone sobre las imágenes. Con el cine que ofrece Villeneuve, este mundo se siente coherente, funcional y singular. Su falta de brillo propone una ventana a lugares místicos, perdidos entre visiones del futuro y del pasado. Lo místico se transforma en poesía a medida que la música de Hans Zimmer orquesta una fotografía de paisajes desérticos y salones oscuros. Hay una aura de incomodidad y belleza en Duna, el balance ideal para enmarcar el camino de un héroe que no está seguro de su destino. La inseguridad de Paul recae en un Timothée Chalamet perfecto, emocional en los momentos indicados y reflexivo o atormentado cuando le toca estar solo. A él lo acompaña un elenco extremadamente solido en el que nadie desentona, aunque Rebecca Ferguson consigue destacar. Como la madre de Paul, Ferguson maneja a un personaje que lucha un conflicto secundario. El mismo va cobrando vida escena a escena, y la actriz le da la credibilidad necesaria para convertirlo en el cimiento más importante de esta primera parte.

Los aspectos épicos están dominados por un Villeneuve confiado en los despliegues entregados por su última superproducción, Blade Runner 2049Aunque la falta de una historia completa aleje a Duna de la grandeza de aquella mencionada secuela, lo propuesto aquí funciona gracias a ese interés en narrar menos hechos. En esa primera decisión, Duna se convierte en una obra única, en una narración del pasado a favor de un futuro prometedor. La película responde al cine de grandes presupuestos y aprovecha esa oportunidad para apostar en una atmosfera formada por un despliegue tan masivo como delicado. Entre mares de superproducciones directas, Duna es la voz de un posible cambio, una apuesta predicando la palabra de un cine épico en escala, temáticas y emociones. Incluso atrapado por los sueños y luchas del joven Paul Atreides, yo solo puedo pensar en un joven Denis Villeneuve. De como creció para cumplir, no un sueño, sino un destino, una esperanza para el futuro del cine a gran escala.

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