Crítica | Sin Tiempo Para Morir (2021)

Gran despedida y gran potencial

Cuando Casino Royale estrenó en 2006, la aventura número 21 del espía británico James Bond impuso cambios suficientes sobre las costumbres de su franquicia como para denominar al proyecto como un nuevo comienzo. De la mano de un perfecto Daniel Craig en la piel del agente 007, la serie no solo dio un salto acorde al siglo XXI, sino que propuso algo impensable en aquel entonces, un James Bond humanizado. Quizá indestructible a los ojos de la trama, pero con rasguños, y con justificaciones para cada parte de su personalidad. Incluso si la calidad de sus películas varía entre lo perfecto y lo sólido, el Bond de Craig ha contado con un pasado creíble, uno que hoy lo sigue enfrentando a su constante adversario: las consecuencias de ser un héroe. Creo que ese el punto central de esta versión de 007 quien, en su última aventura, Sin Tiempo Para Morir, está obligado a cerrar varios capítulos, otorgándole un final a su nuevo comienzo. Dar cierres no es algo habitual para el cine de Bond, por lo que inmediatamente hablamos de una película diferente. El final de la era de Craig vuelve a apostar sobre aquello que la hizo única y bajo una extensa duración, alinea cada pieza para lograrlo todo. No aprovecha el potencial en cada uno de sus frentes, aunque su pasajera valentía, la bella presentación y la variedad de aciertos que pone sobre la formula de 007, convierten a la película en una sólida despedida para un James Bond que hoy marca un antes y un después.

Desde sus créditos iniciales, que toman su tiempo para aparecer en pantalla, Sin Tiempo Para Morir establece qué película pretende ser. Aunque quiera mantener algunos aspectos clásicos de su pasado, lo que desea obedece a la era de Daniel Craig. Por supuesto, lo obvio en una aventura de James Bond está presente, se trate de los artilugios de espía, las locaciones variadas, la acción o la premisa donde, una vez más, el mundo está en peligro. Ahora, todos esos factores resultan secundarios al toparnos con una trama más interesada en Bond y sus propios conflictos, no solamente su rivalidad con el villano de turno. Si miramos hacia atrás, desde Casino Royale hasta Spectreel Bond de Craig ha lidiado con amenazas globales que pronto se vuelven personales, por lo que es coherente regresar a esas conexiones en una despedida. Mientras la acción no se olvida, dejando huella en cada uno de los extensos actos, lo que realmente fascina de Sin Tiempo Para Morir son los minutos dedicados a Bond y su relación de pareja con Madeleine Swann (Léa Seydoux), personaje que se interpone en la clásica formula y traduce todo a un drama romántico mezclado dentro del espionaje. Eso es una fortaleza y debilidad. Cuando juega en contra de lo previsto, la película se permite caprichos que serían impensables en décadas pasadas, aunque los mismos conviven con la necesidad de seguir confiando en una formula. Sin Tiempo Para Morir es memorable por luchar en contra de su molde incluso si pretende encajar en el mismo. La combinación es posible, porque se vio implementada en otras entregas con Daniel Craig. Aquí hay una disposición perfecta, su única enemiga es el parcial desperdicio de su potencial.

Siendo la obra de mayor duración en el cine de James Bond, es evidente que Sin Tiempo Para Morir respeta su proceso, preparando recompensas entre respiros y haciendo lugar para un final interesante desde varios ángulos. Su envoltorio es más lúgubre, puede oírse en la la canción interpretada por Billie Eilish que abre la película o en las dolorosas miradas que James Bond y Madeleine Swann comparten a lo largo de la historia. El primer tercio puede balancear eso con la promesa del James Bond que conocemos, cuenta con lo mejor en términos de acción, se luce gracias a una cálida locación y se pierde en varios misterios interesantes. Es una gran promesa, y aunque no puede sostenerse durante toda la experiencia, sigue destacándose por momentos, especialmente en el cargado tercer acto donde incluso se cuestiona el lugar de un personaje como James Bond en el mundo de hoy. Dicho eso, todo lo que acompaña las mejores ideas se siente algo servicial. Quizá la mayor ofensa en eso es el villano de la pieza, cuya naturaleza recorre caminos vistos y se reduce a una amenaza que podría ser fascinante si no tuviera tan poco tiempo en pantalla. Interpretado por un Rami Malek de rostro desfigurado, la presencia del antagonista es prometedora pero termina como detalle entre todo lo demás. El resto de los personajes encajan mejor, especialmente el reparto femenino gracias a las frescas adiciones de Lashana Lynch y Ana de Armas, y la confiable habilidad de Léa Seydoux. Aunque haya algunos tropiezos, vale aclarar que siguen presentados por una fotografía de encanto sobrio, que le sienta bien a la historia y que armoniza la acción. Esa última se para entre la intensidad y la vibrante belleza de las mejores entregas con Daniel Craig.

Sin Tiempo Para Morir aprovecha los riesgos que le permiten. No es un proyecto que explote todo su potencial, sin embargo, sigue cumpliendo al perderse en el código más importante de la era de Daniel Craig como el agente 007, la evolución. Ya no hablo del desarrollo de un personaje, con esta última entrega y sus momentos de valentía, hablo de la evolución de un legado, de la revitalización de una franquicia dispuesta a reinventarse sin vender su identidad. Al mantener la evolución de Bond como principal interés, esta despedida resulta sumamente adecuada, y por momentos hasta justa. Esa noción es más importante que garantizar la mejor versión del 007 que conocemos, así que, incluso sin conseguirlo todo, este James Bond cumple su misión. Habrá tiempo para alcanzar el mayor potencial de lo sugerido aquí, pero pensando en el deber de esta última aventura, lo importante es que Sin Tiempo Para Morir pone los cimientos en pantalla, le abre otra puerta a un personaje mítico que, una vez más, de la mano de Daniel Craig, sugiere un futuro incierto.

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