Crítica | Maligno (2021)

Perfecta extravagancia 

La última década ha estado marcada por tantas superproducciones de superhéroes y comics que es fácil considerarlas parte de una moda que el cine estadounidense ha sabido aprovechar. Se trata de un cine lucrativo, que consiguió opacar a la competencia en taquilla y que mantiene a sus espectadores conectados, dispuestos a ver secuelas y franquicias que no paran de expandirse. Ahora, por más que sea una moda para crear superproducciones taquilleras, hoy lo veo como una apuesta a futuro. En 2018, Warner Bros. decidió estrenar Aquaman, una adaptación de comic millonaria dirigida por James Wan que, incluso en un mar de competencia, pudo encontrar su lugar y batir records en taquilla. ¿Por que es importante el éxito de Aquaman? Porque es la única razón por la que Warner Bros. aceptaría que James Wan diera vida a Maligno, una producción que da rienda suelta a su cineasta y recompensa a aquellos espectadores dispuestos a perderse en la perfecta demencia que ofrece. Es una anomalía en el cine de Hollywood.

Se notaba que James Wan buscaba horizontes nuevos. El director que supo dejar marca en el cine de terror gracias a El Juego del Miedo, Insidious y El Conjuro, había coqueteado con ideas menos atadas a lo tétrico últimamente. Sí, tuvo la oportunidad de hacer cine de acción con Aquaman Furious 7, pero la creatividad quedó demostrada en sus secuelas. Mientras El Conjuro 2 Insidious Parte 2 obedecían ordenes de un terror atmosférico simple, sus argumentos parecían pedir nuevos moldes. Las ideas sonaban bien, pero no brillaban cuando la misión era simplemente asustar, y parecería que Wan estaba al tanto de ello dado que Maligno se inclina por ser otra clase de terror. La película comienza por saciar el deseo de aquellos buscando sustos fáciles, presentando a una presencia maligna que asusta a la protagonista y que da lugar a juegos con siluetas y ruidos fuertes durante 10 o 15 minutos. Ahora, terminado su primer acto, Wan despliega un homenaje a la excentricidad, un terror que reconoce exactamente lo que es y que sabe como manejar una idea prácticamente incontrolable. Maligno está tan segura de sí misma que lo poco que queda de aquel terror tradicional parece estar ahí para recibir burlas. Llegado su punto de no retorno, el cual podrá variar de espectador en espectador, se entiende que James Wan no está dispuesto a ceder y que está aquí para demostrar lo que puede hacer con el género, confiando en que el espectador adecuado lo comprenderá.

Mencionando a un espectador adecuado, soy consiente de que Maligno resultará problemática para un gran porcentaje de su audiencia, por lo que es y por lo que no es. Por si no resultó evidente hasta ahora, la película se beneficia de que el público no sepa nada ella, aunque es imposible no generar expectativas cuando la misma comienza en un terreno habitual. Ahora, el primer acto manifiesta que algo más vive dentro de su historia, ya sea con diálogos específicos o la excelente música que incluso referencia a otra película en particular. El lado disparatado muere por salir a la superficie y cuando lo hace, Maligno adquiere una forma que escapa del mejor cine B y que se muestra libre de las cadenas de las superproducciones actuales. Los extremos que abraza entre risas, son puntos que otros títulos no se atreverían a tocar, y eso es referenciado constantemente. Podrá sonar absurda y descartable, por contradecir expectativas y hasta la lógica, pero se requiere una cierta maestría para comportarse como se comporta. Considerando lo que quiere ser, esta es la mejor versión de ese deseo, porque la intención no solamente se limita a perderse en lo absurdo. James Wan demuestra virtuosismo detrás de la cámara y nos regala un festín sangriento que sabe cuando es momento de lucirse. Puedo entender que muchos no quieran acompañar a Wan en este viaje, pero sería injusto decir que su película no se esfuerza para que sigamos su juego.

Maligno no es fácil de seguir, porque su mezcla cambia de sabor cada vez que introduce uno de sus absurdos giros. Ahora, el gusto final es tan dulce que resulta imposible no tentarse. El mismo cuadra con su propia lógica y se aprovecha de formas sutiles y otras sumamente extremas. Cuando ya no quedan montañas de excentricidades para escalar, la película demuestra control con la extraña seriedad con la que termina abrazando su concepto. Incluso tras su más fantástica y alocada escena, el mensaje al que apunta queda bien servido y logra cosas que muchas propuestas tradicionales y serias son incapaces de hacer. Rompiendo reglas y montando su espectáculo para los espectadores dispuestos a jugar con ella, Maligno se entrega a todo lo que quiere ser, roza una perfecta extravagancia y en el proceso se siente viva.

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