Crítica | Dolittle (2020)

Un desastre de parches, animales parlantes y acentos

Las producciones pueden tener problemas, habitualmente los tienen, y la magia de hacer cine suele residir en solucionar dichos conflictos. La habilidad se demuestra al resolver cada hecho inesperado, al reescribir algo a última hora, al reconocer que las cosas no funcionan y al colocar parches para que es el espectador no note nada. A cierto punto, especialmente en el Hollywood actual, escuchar sobre cierto caos de producción es rutinario. Es tan común que parecemos acostumbrados a ver películas que eclipsan sus anunciados problemas, casi como si vivir al limite y confiar en filmaciones adicionales fuera el lenguaje moderno de la gran industria del cine. Pero claro, al igual que tenemos la posibilidad de ver la magia de Hollywood en el brillo de un producto aparentemente catastrófico, también existen momentos dónde el rompecabezas no logra armarse. ¿Por falta de tiempo o dinero? Posiblemente, aunque también porque las piezas no están ahí. Algunas veces ocurre y Dolittle es la insignia de este nuevo lenguaje hollywoodense, de vivir al limite por formula para luego golpear un muro. Ciertos parches son capaces de saltar algunos muros, pero en Dolittle no, Dolittle golpea ese muro una y otra vez hasta que sus propios parches caen al suelo.

Con tres años de producción y problemas más que confirmados, Dolittle es una costosa pieza que ni siquiera se acerca a defender sus pocas oportunidades: la película supone ser el primer proyecto del popular Robert Downey Jr. luego de abandonar Marvel Studios, una cinta de voces talentosas, una aventura infantil con una fuente reconocible y a la búsqueda de un reinicio tradicional. A los ojos de su estudio, entiendo dónde estaría el atractivo, pero Dolittle incendia la oportunidad de origen y luego prosigue a lucir parches igual de problemáticos. El caos proviene de introducir a un nuevo Dr. Dolittle, esta vez interpretado por Downey y más anclado a los libros originales del personaje, no a la versión de 1998 protagonizada por Eddie Murphy. Estamos alejados de Murphy, porque este Dolittle se presenta como un doctor capaz de hablar con los animales en una aventura para salvar a la reina de Inglaterra. Hay poco más que eso aquí a medida que Dolittle resulta una “épica” de escasos 90 minutos con habilidad triple al aburrir, ridiculizar y demostrar mediocridad en sesión continua. Sus desastres no solo equivalen a malos y notorios arreglos, sino que refieren a la pésima base y la natural necesidad de parches. En efecto, los parches hacen alusión a una película rota o sin terminar porque el resultado sigue teniendo esa condición.

Entonces, ¿qué? ¿Cuáles son esos desastres masivos? Hay para generalizar y detallar, pero lo esencial es que Dolittle se las arregla para lucir una estructura sin terminar, actos de duración incoherente, trozos que faltan, personajes que aparecen y desaparecen, actores desperdiciados y un show de animales parlantes muy bajo. Quizá haya un chiste decente entre los comentarios de cada animal digital, pero reconocer uno luego de escuchar sus infinitas reacciones ridículas es una tarea imposible. Cada dialogo en Dolittle parece más interesado en extender las miseras escenas que en narrar algo. Su humor es la catástrofe en la superficie mientras que el verdadero horror va por dentro, soltando una monotonía impuesta por su relato. Tras una introducción acelerada en manos de una animación tradicional (lo más bello aquí), la película pisa el acelerador como si quisiera animar la menor cantidad de escenas con animales. Si lo pensamos, los 90 minutos de la cinta son una bendición, aunque ninguna parte de su ritmo esconde los problemas. Se ve en los actos, el primero simula ser completo pero el resto alaba la incoherencia, perdiendo el alma aventurera en manos de secuencias resumidas con voz en off y decisiones más cerca de un escape que de una intención narrativa. Decir que Dolittle resuelve su trama con una flatulencia debería ser lo más ilustrativo del libreto, tanto que no debería agregar más luego de compartir esa información. Ahora, es necesario pedir una explicación. ¿Quieren incluir una flatulencia? ¿Ahí yace la gran comedia de Dolittle? Supongo que es aceptable y resultará humorístico para alguien, pero utilizarlo como llave para un climax es deplorable, una suerte de insulto final de cara a una película que constantemente parece tener problemas en pantalla. ¿Intencionales? No necesariamente, aunque luego de algunos minutos es complicado reconocer la diferencia entre una de las obvias reescrituras de guion y el pésimo gusto del film.

El estado de emergencia de Dolittle es notorio, pero el mismo no se compara con las intenciones que siempre estuvieron ahí. Ningún chiste adicional o diálogo de último minuto soluciona la monótona aventura o hace que los pasajeros villanos sean menos cómicos. Michael Sheen se ridiculiza como el mayor antagonista y simplemente parece desaparecer de la cinta, mientras que Antonio Banderas y Jim Broadbent intentan ser amenazantes desde una sola locación. Ahora, si hablamos de talento desperdiciado, Robert Downey Jr. da un paso en falso, especialmente tras salir triunfante de Marvel. Es cierto que la película no le hace favores, aunque también es justo decir que el Dolittle de Downey es bastante ridículo al proponer un acento extraño y casi incomprensible. El protagonista lanza acentos, salta entre tonos y usa toda clase de disfraces tontos, como si no tuviera control. Downey suele ser la salvación de películas poco interesantes pero aquí encaja con animales gritando diálogos aleatorios, es otro elemento lanzado a la pantalla esperando funcionar.

Al sumar sus notorios parches, Dolittle es una joya de la desesperación, luciendo su desastrosa producción con tal de salvar algo. El ridículo nunca es suficiente con tal de conseguir una risa, ya sea de un niño o un adulto, y esa noción lidera una experiencia que, a pesar de ser corta, se vuelve una sentencia llena de catástrofes monótonas e instantes de vergüenza ajena. Escuchar a un zorro gritando “viva la resistance” porque sí, ver a una hormiga haciendo una parodia de El Padrino, tener que soportar la imagen de un gorila pateando los genitales de un tigre, Dolittle acumula desastres hasta extremos peligrosos. Extremos con los que no puede conversar y que obviamente no puede detener o, bueno, emparchar.

Crítica Audiovisual

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