Crítica | Jojo Rabbit (2019)

La guerra a través de ojos inocentes

¿Es posible encontrar calidez en un concepto extremadamente controversial? En las manos incorrectas, no. Sospecho que cualquiera estaría de acuerdo porque, por ejemplo, transformar la Alemania nazi en un territorio feel-good no suena especialmente fácil. Lograr esa proeza ya estaría al alcance de unos pocos, pero cabe agregar que incluso menos tendrían la posibilidad de intentar. A lo que me refiero es que, en base a su reciente evolución, creo que Taika Waititi sería el único capacitado para realizar Jojo Rabbit, una sátira basada en una novela de Christine Leunens centrada en el nazismo y con un interés en el aprendizaje a través del humor. Con un libreto de su mano y hasta su corprotagonismo, es claro que la mano de Waititi es la única pero, ¿es la correcta?

Es fácil notar la preocupación que sugiere Jojo Rabbit al iniciar al ritmo de un puñado de chistes caricaturescos sobre el régimen nazi. Burlarse es fácil y el ridículo prosigue a regalar buenas carcajadas, aunque lo delicado se interpone a medida que descubrimos las verdaderas intenciones, que se traducen a tener que encariñarse por Jojo Betzler (Roman Griffin Davis), un niño alemán entrenando para convertirse en soldado en tiempo de la Segunda Guerra. Esto coloca al pequeño Jojo frente a la extensa lista de horrores perpetrados por el movimiento nazi, especialmente su manipulación, elemento que encuentra risas y también define al protagonista como un joven aprendiendo de una fuente llena de horrores y mentiras. Es extraño, pero a través de los ojos de un niño, la mano de Waititi parece correcta, orquestando toda clase de burlas nazis mientras su Jojo atraviesa una historia del tipo coming-of-age. ¿Una cálida comedia de crecimiento y madurez en manos de un montón de nazis? Sonará imposible pero funciona, incluso agregando el elemento más destacado: el amigo imaginario de Jojo, Adolf Hitler, interpretado por el mismo Waititi.

Por si todavía no es evidente, el despliegue del trato feel-good es adecuado al encontrar una calidez que poco a poco se transforma en aprendizaje. Aferrados a la inocente mano del protagonista, Jojo Rabbit conduce hacia dramáticos rincones y con ello consigue ser trascendente, además de algo más que un chiste. No será difícil encontrar a alguien que defina al film como la comedia de nazis con un Hitler imaginario porque la excéntrica sátira es un hecho, aunque lo ambicioso proviene de encontrar un corazón junto a las existentes risas. El humor de su cineasta proviene de lo acostumbrado y carece de miedo al jugar con los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero nunca llega a la ofensa al suavizar ciertos golpes y mezclar la comedia con el drama. Ni lo ridículo o satírico persigue carcajadas gigantes que escapen a las reglas establecidas, que son adecuadamente extravagantes. No, entre los pensados colores y la ingeniosa fotografía, Jojo Rabbit quiere evitar los extremos de su propuesta y así aterriza con carisma a los ojos del espectador. Entre ese carisma y las más extremas apariciones del Hitler de Waititi, el film presenta un memorable mensaje que llega ileso gracias al tono malabarista. La sátira aprovecha el contexto extremo y realmente lo convierte en un terreno coming-of-age que transmite la importancia de los modelos a seguir y la naturaleza de una educación.

Sobre los mencionados malabares, no descartaría que resulten molestos para algunos, porque no hay manera de esquivar el hecho de que Jojo Rabbit es un proyecto delicado. Es más, uno puede sentir la complicación de regresar a la comedia luego del instante más serio. No obstante, no puedo tildar de forzado cuando se defiende la autenticidad. La película de Waititi es poco ortodoxa, satírica y controversial por naturaleza, y no regresar a esa ruta estipulada tras coquetear con el drama sería inadmisible, ya que supondría perderse en ese mar de libretos melodramáticos que ya conocemos y que carecen del efecto que se alcanza aquí. Un efecto complicado de alcanzar e imaginar tras empezar a jugar con aspectos ridículos pero históricamente macabros. Aunque, insinuando un panorama arriesgado, debo mencionar los salvavidas que luce Waititi en la forma de su elenco. Sin el Jojo de Roman Griffin Davis habría un peligroso vacío. El talento de este joven de 12 años es esencial y asegura una entrañable actitud en el rol protagónico, una irresistible inocencia que se desprende de curiosas actitudes frente a los pensamientos nazis. Como su madre, Scarlett Johansson también es valiosa y tampoco debería ser olvidada en base a su tierno rol protector. Por supuesto que hay más, y todos suman a los aires satíricos. Contamos con Sam Rockwell, Rebel Wilson, Waititi como Hitler y hasta un cameo de Stephen Merchant en la mejor secuencia de la cinta. Ahí se prueba el poder del guion, que consigue unir la comedia, la tensión y la ternura en un mismo momento.

Taika Waititi podría ser gratuito en su despliegue, podría duplicar la cantidad de chistes e incluso pensar en más extravagancias para lucir. Pero, ¿cual sería el punto? Siendo paródica dentro de limites relativamente respetuosos y apuntando a un sentimiento más memorable que sus efectivos chistes, Jojo Rabbit demuestra tener un sentido y un control incluso cuando luce a un Hitler imaginario sumergido en una piscina. Ese es un ejemplo del mayor extremo, y el espectador se puede reír con él mientras se enternece por la verdadera sustancia y la bella inocencia. Construir una parodia a base de la Alemania Nazi es sencillo, algo que se presta para un humor negro que forma parte del lenguaje de este director, pero sumergirse en dicha parodia y llevarse una cálida sonrisa ya es admirable, o incluso hermoso.

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