Crítica | Anna: El Peligro tiene Nombre (2019)

Un thriller que intercambia astucia por malos giros. Demasiados.

Nunca pensé en decir esto, pero lo admitiré, extraño a Red Sparrow. Sí, preferiría volver a 2018 y a ese thriller de espionaje frió y supuestamente filoso protagonizado por Jennifer Lawrence tras su paso por Los Juegos del Hambre, porque hoy suena como una mejor idea. ¿Cómo podría desear el regreso de tan extensa y monótona experiencia? Es fácil, al recibir una versión incluso inferior de dicha propuesta, una película absolutamente perdida en un libreto inmediatamente inútil y rebuscado. Aunque es interesante trazarle comparaciones, y Red Sparrow resulta la más acertada y reciente, Anna: El Peligro tiene Nombre es un cine de espionaje que no necesita otro ejemplo para revelar sus problemas, entendiendo que demuestra ser la pieza perfecta para ilustrar tropiezos y pecados cinematográficos más allá de un solo género. Hablo de un manual de reglas rotas, de trucos baratos, de una estructura catastrófica que ridiculiza el posible cimiento de un thriller de espías que no pierde el tiempo en convertirse en un absoluto circo de malas decisiones.

Aunque no me apetezca, empezaré por hacerle un favor a Anna al ofrecer la base de su argumento. Sí, definitivamente eso suena a favor al tratar con una obra que tiene varios problemas para exponer y narrar por ella misma. En definitiva, este thriller de espionaje opta por mezclar sus hechos a favor de su pobre relato y en alguna parte del proceso termina presentando la siguiente base: Anna (Sasha Luss) es una espía/asesina de la KGB sobre finales de la Guerra Fría con una promesa de libertad. En esencia, el concepto nunca se aleja de ese panorama, solo que los alrededores convierten a Anna en un batido lleno de ingredientes mal mezclado, dónde la información adicional cae con un aura ridícula, resulta innecesaria o, lo que es peor, se presenta bajo aires de supuesto ingenio y mediocre sorpresa. Deseando dejar su relato de lado, esta nueva obra de Luc Besson realmente cuestiona sus aprendizajes al enseñar una catastrófica forma de crear giros y pretender que los mismos valen como herramienta inteligente. Si hablamos de estructura, la realidad queda clara desde el inicio, encontrándonos con una preocupante falta de norte, la clase que da la sensación de que el libreto cayó al suelo sin tener las páginas numeradas y que nadie se tomo el trabajo de volverlas a ordenar. Bueno, quizá ese no era la primera orden del día, es posible que eliminar algunas hubiera sido más adecuado.

Existe cierta conciencia alrededor de Anna que parece mostrar la postura de su cineasta a la hora de escribirla y ensamblarla. Por alguna razón, este thriller siente la necesidad de exagerar o hacer reír de forma tardía o incoherente, sugiriendo la presencia de un Luc Besson intentando rescatar una película que casi reconoce su situación a la deriva. Pero los intentos desesperados no contrarrestan los efectos, sino que potencian la mejor oferta de este producto: la búsqueda de risas sin intención. Refiriéndome a un guion que repite y gira hasta encontrar un nuevo ridículo para el concepto de agente doble, Anna propone problemas en sus páginas y en su presentación. Dividida entre una trama sería y un lado B, el montaje no puede unir esas caras con la soltura necesaria, lo que provoca que la alterada linea de tiempo se convierta en estrella. Es cierto que Sasha Luss hace un buen trabajo para su primer rol protagónico, pero no hay nada que pueda hacer para distraernos de la forma en que el relato se transforma en una hipnosis desencadenada, una que nos obliga a aceptar cualquier cosa que aparezca en pantalla. La lógica de esta estructura queda en evidencia muy rápido, así que a la décima vuelta de tuerca, el ridículo y la desesperación se convierten en uno de los protagonistas. Un personaje más que está obligado a marearnos para no asumir que su cimiento es mediocre.

Si su confusión entorpece tanto es porque Anna no responde al género de acción que su campaña publicitaría sugiere. La película pretende ser un thriller con cambios ingeniosos y toma esa misión a través de un camino atestado de giros. Besson intenta sacudir la alfombra bajo nuestros pies tantas veces que es fácil notar la falta de suelo. Extender escenas que ya vimos para pasar de inteligente es el error más grave de este libreto, consiguiendo revelar la falta de astucia y creando infinitas interrogantes. Sobre la mencionada acción, hay una escena que presenta un buen despliegue de golpes y trabajo de cámara, pero es una anomalía. No solo por mostrar acción, sino por ser el único momento dónde la película parece enfocada o dueña de una calidad acorde con su exageración argumental. Perdida en elementos que no importan, enfocada en retorcer el argumento como le conviene y obedeciendo demasiadas idas y vueltas, Luc Besson construye la peor versión de uno de sus thrillers, entreverado en una barata y tramposa naturaleza que no funciona en ninguna de sus facetas. Podría decir que Anna se sabotea a sí misma, pero de la forma en que se presenta, nunca queda claro si realmente había algo para sabotear.

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