Crítica | La Culpa (2018)

Estimulante thriller a pura tensión

Se están haciendo cada vez más populares las películas donde aparecen estos elementos: un protagonista todo el tiempo en escena (rodeado a veces de extras) en una situación límite en una única locación y con el tiempo en su contra. No se si esta tendencia sucede por un reto artístico o una forma inteligente de bajar costos a la hora de hacer una película, pero sin dudas es bastante interesante de ver, especialmente si sale – muy – bien como en Enterrado, asfixiante película de Rodrigo Cortés con una insólita gran actuación del simpático Ryan Reynolds. En este caso la angustiosa situación viene de Dinamarca, y en una de esas tantas decisiones bochornosas que toma la Academia en EE.UU no estuvo ni entre las cinco finalistas del Oscar, aunque por suerte no necesitó el empujón mediático de los premios para causar un impacto internacional y llegar hasta las salas más alejadas de su origen como las nuestras.

Asger es un oficial de policía en un mal momento de su vida. Podemos esbozar, por pequeños indicios que da el guion, que se trata de alguien que si bien ama el hecho de salvar vidas parece no tener ningún límite a la hora de hacerlo, algo que le ha complicado su carrera a tal punto que está ahora relegado a ser operador de emergencias. La noche va normal, con llamados algo curiosos y pícaros, siempre en la línea de lo rutinario, aunque de repente hay uno de lo más extraño: una mujer entre sollozos le habla a “su hija” aunque responde las preguntas del operador del otro lado. Ahí el protagonista se entera que del otro lado de la línea la mujer está siendo secuestrada por su ex pareja, un hombre del que se dice es bastante violento y carga con un cuchillo. La indicación del GPS es vaga, la secuestrada no puede dar muchos detalles para no despertar la sospecha del hombre y la policía está lejos, por lo que no hay muchas opciones para un Asger que está atado de manos pero impulsado por sus instintos y el oficio, por lo que intentará ayudarla como sea a través de la línea telefónica, moviendo los hilos que le corresponden e incluso aquellos que no.

Uno podría pensar que situar una película en una sola locación y con pocos actores en escena es en realidad el sueño de un debutante, ya que no implica un gran despliegue y por ende puede controlar mejor lo que tiene en pantalla, y sin embargo estaría incurriendo en un grave error, ya que a pesar de lo que puede parecer a simple vista el trabajo de Gustav Möller es titanico, detallista y calculado milimétricamente. Principalmente por la perdida de algunos truquitos que podría aplicar para llenar el ojo del espectador, como hermosos paisajes o fastuosos vestuarios, pero además por el esfuerzo que conlleva situar los hechos en un solo lugar pero aún así constantemente conectar con el exterior y que esto ocurra de una manera orgánica, balanceada, creíble y pareja. Osea: que si bien el protagonista está en la cabina de emergencias los hechos que hacen avanzar la trama ocurren afuera, siendo solo escuchados por el personaje, pero con la astucia suficiente para que el espectador no “extrañe” ver esos hechos; que no sean lo más importante de la función sino motivar los eventos de los que efectivamente somos partícipes, la desesperación del personaje principal la cual compartimos y su propio infierno personal el cual nunca eclipsa los otros eventos ni es eclipsado por ellos. Las dos tramas que explora la película están correctamente estructuradas para compartir algún punto de cercanía pero no chocarse ni competir por la atención del público, llegando incluso a ofrecer una profundidad muy bienvenida que propicia la conversación de la platea al final. El trabajo del director también es valioso ya que logra, gracias a un cuidado trabajo de fotografía y montaje, explotar al máximo el escenario: cada encuadre le da una dimensión distinta al espacio, muchas veces siendo más pequeño y opresivo y otras más grande y que ofrecen un respiro, además de no aburrir visualmente al espectador.

Pero lo que más me funciona de esta película es su guion, notable en su aparente simpleza que va revelando en el correr de los minutos sus distintas facetas sirviéndose de algunos giros de tuerca que nunca se ven gratuitos o estúpidos. Los personajes están bien creados, con una riqueza de matices que van desplegando ante el público con inteligencia, logrando con ellos incluso arcos de lo más interesantes, como por ejemplo con el protagonista al cual se lo ve teniendo un fuerte choque entre lo que debe hacer y lo que realmente siente que es lo correcto, propiciando un cambio que terminará afectando incluso a su complicado futuro. En los momentos de suspenso se nota también una preocupación genuina por armar un producto entretenido y satisfactorio, dándole al público lo que espera pero sin ser complaciente con el mismo, buscando siempre la vuelta para hacer de cada golpe (inesperado o esperado) más profundo, reflexivo, real. Y la actuación protagónica es un tour de force magnífico de la mano de un intérprete que logra interpretar el texto y seguir a la perfección sus intenciones, sabiendo cuando estallar, cuando ser comedido y cuando expresar todo a través de las miradas o los gestos mínimos: los momentos de duda de su personaje son muy bien reflejados por detalles mínimos como un temblor en las manos o una indecisión en sus movimientos. Las voces en off también ayudan pero se trata de una actuación soberbia que valdría la pena ver incluso si el film no se destacara en todos los otros aspectos.

Este estreno es un thriller modélico y una carta de presentación extraordinaria aunque difícil de superar por parte de su realizador. Los climas creados, el aprovechamiento de las locaciones, la excelente actuación (y dirección de actores, vale decirlo) y el gran guion son todo lo necesario para hacer urgente la recomendación de una película valiosa, astuta, vibrante. Cine de calidad y con la capacidad de entretener al espectador sin insultar su inteligencia ni recurrir a un enorme despliegue de dinero y efectos especiales.

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