Crítica | Los Tiburones (2019)

Una voz prometedora con una protagonista que da problemas

Todos los años existe un destacado en el cine nacional, sea por calidad, concepto o promoción. Pero creo que ninguno de ellos ha llegado al escenario como el primer largometraje de Lucia Garibaldi, Los Tiburones, película que entró en el radar local tras su paso y victoria en los festivales de Sundance, San Sebastián, BAFICI y Toulouse. Nada mal para un cine uruguayo sencillo que, olvidando sus premios, conocemos. Prestigio o no, hay poco que no resulte familiar en este coming of age ambientado en el interior del país, encontrando un relato que pretende abandonar los moldes de nuestro cine sin despegarse por completo de ciertas practicas. Ahora, cuando dichas practicas desaparecen del horizonte, hay mucho que elogiar. Digamos que la misma voz que entusiasma también sabotea.

El primer plano de Los Tiburones nos conduce a Rosina (Romina Bentancur), una adolescente a la que conocemos corriendo de su padre enfurecido. Garibaldi, directora y guionista aquí, no tarda en demostrarnos que Rosina es conflictiva, y dicho conflicto pasa al centro de este relato. Los extraños despertares de la protagonista son la base para Garibaldi, siendo dueños de un despliegue de temas, metáforas y rarezas con los que el espectador debe luchar de camino a una posible empatía por la protagonista. Con tintes de cine indie actual, uno que ha pisado mucho Sundance recientemente, la película nos regala un perfil de personaje particular que definitivamente quiere decir algo, pero que se entrevera en su propio discurso.

Los Tiburones es admirable durante su primera media hora, presentando un panorama bien manejado y dueño de cotidianidad creíble, que sirve de cimiento para un resultado que no sabe exactamente como trabajar ese colchón en el que se para. Los fuertes de Garibaldi despegan aquí, escribiendo diálogos naturales y bien ejecutados que dibujan un tono balanceado entre la comedia y un drama adolescente realista. Por supuesto que Los Tiburones se guía por lo segundo, ahora, la mezcla evoca los sabores de un film que sigue la trayectoria de nuestro cine sin perder las ganas de modernizarse y de contar el relato de una adolescencia actual. El marco familiar, el vecinal, el laboral; todos producen personajes pintorescos en el pequeño mundo de Rosina, quien deambula sin un lugar exacto al que dirigirse. Es un contexto fresco, un panorama centrado que realmente saca lo mejor de su guionista.

Puede que los alrededores resulten tan claros por culpa del núcleo, que definitivamente es cuestionable. El problema de Los Tiburones yace en lo que quiere disfrazar de conflicto, porque Rosina y el periodo en el que se para se resume en un enigma difícil de digerir. Ese enigma es producto del periodo adolescente, de un proceso de maduración y despertar que lleva a la protagonista a cometer acciones extrañas. Por supuesto, muchas son comprensibles dentro del desconcierto, aunque otras solo confunden. La incógnita es viable, sin embargo, lo ambiguo de algunas palabras y acciones rozan la sensación de que Rosina es un personaje incoherente para la propia película, viéndola deambular en un espiral que casi siempre desafía las expectativas. Sí, efectivamente hay golpes de realidad y cimientos que conocemos, y que han formado a otros personajes, pero digamos que Rosina es más particular, y su particularidad no siempre resulta en algo concreto. No es el único personaje que sabotea su propia narración, ya que, Joselo, el co-protagonista interpretado por Federico Morosini, tampoco aporta correctamente, al no poder visualizar su posición. No está claro el acercamiento que Rosina tiene con él, y esa es una parte interesante del film, aunque también es un desconocimiento que cruza los limites y perjudica el tercer acto. Dando una última reflexión de Rosina, no hay nada negativo que pueda decir de su interprete, Romina Bentancur, quien consigue expresar bastante en su callada forma de ser.

El momento que vive Rosina y su potencial para formar una coming of age es un hecho, ahora, el mismo produce un desconcierto dividido entre la intención y las acciones cuestionables. Los Tiburones deja un gusto confuso en lo que concierne a su protagonista, obedeciendo a elementos narrativos que no le hacen favores y sucumbiendo a practicas agotadoras del cine nacional. Sí, son otros 80 minutos que podrían recibir un recorte, aunque si hay mucho que merece un lugar, dejando potencial moderno, creativo o jugado. Los Tiburones comienza al ritmo de una música electrónica y estimulante, y durante varias porciones obtenemos ese tipo de frescura en los diálogos naturales, la momentánea comedia y los personajes memorables. Recibir esos obsequios ayuda a perdonar las elecciones menos pulidas y más extrañas. Es decir, cuando toca dar la conexión final con Rosina y no conseguimos comprender todo su comportamiento, podemos decir que su universo si conecta y eso hace la diferencia para Garibaldi, cuya voz termina sonando prometedora en el balance.

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