Crítica | Gloria Bell (2019)

Un crowd pleaser de bienvenida madurez

Poco a poco, ver a un cineasta extranjero arribando a Hollywood va dejando de sorprender, pasando a toparnos con varios casos accediendo por puertas similares. Entre ellas, la más clara debe ser la del remake, encontrando al director o directora en cuestión tacleando o prestando una de sus películas pasadas. En el caso del chileno Sebastián Lelio, fue el drama Desobediencia lo que abrió su filmografía en inglés, sin embargo, de forma casi inevitable, la oferta para revisitar una de sus obras calló sobre la mesa, y dispuesto a defender lo suyo, el director optó por aceptar la oportunidad. Hemos visto ejemplos de remakes amparados pero no liderados por sus respectivos creadores, de hecho, de eso se trata mucho del cine de Hollywood actual, no obstante, el interés llega cuando el propio autor repite, trazando una cuestión odiosa. ¿Cómo dudar de un remake cuando está realizado por el mismo director? Ese el caso de Gloria Bell, calco de la chilena Gloria al que, estando dirigido por el propio Lelio, deberé tomar como visión absoluta de su creador. Así es, visión absoluta y no copia, pero no solo por su autor, sino porque aquí se transmite todo lo que podría pedir de tan sencillo perfil. Especialmente en un cine tan seguro como el de Hollywood.

Lelio traduce al inglés a su Gloria (Julianne Moore), una mujer en crisis intentando encajar tras su divorcio. Dos hijos mayores y un trabajo poco satisfactorio es lo que le queda, pero eso no la detiene de buscar más. Escapando a un club nocturno, Gloria mantiene a flote su vida sentimental mediante relaciones esporádicas, pero su verdadera felicidad surge al toparse con una rara e inesperada posibilidad, poder reencontrar el amor. Realmente, en detalles, no hay mucho más sobre el personaje de Gloria que no se refleje en ese resumen, sin embargo, este perfil encuentra sutilezas y ángulos que demuestran comprender al personaje en el centro. Nos dan una razón para seguir su historia que, de por sí, no pretende complicarse demasiado. El fuerte de Lelio aquí es la realidad que dibuja sobre su protagonista, utilizando solo un puñado de factores para que la entendamos. La gran diferencia es que este personaje vive dentro de un relato que favorece satisfacciones más complejas para el espectador, como el mismo concepto de un final feliz.

Con todo su drama y solo ocasional humor negro, Gloria Bell se presenta como un crowd pleaser maduro que pocas veces teme. Lelio lógicamente se demuestra en control de esta historia, siendo acotado y hasta repetitivo en algunos momentos, pero todos ellos desembocan en un personaje creíble con un moderado optimismo para mucha de la dificultad que cae sobre su plato. Dificultades que, de vez en cuando, son inevitables. Más allá de Gloria, el libreto (otra vez de Lelio) también hace un gran trabajo de encontrarle uno o dos defectos fundamentales a los demás protagonistas, cuya verdad aporta para luego culminar durante una fantástica cena que ocurre sobre la mitad del segundo acto. Momentos como esos, que están apoyados por un sólido elenco, nos dirigen a un ideal arco para nuestra protagonista, que descubre un amor o fortaleza particular dentro de la realidad que le ha tocado. Como espectadores, es probable que anhelemos una realidad mejor para Gloria, pero la virtud de Lelio está en no ceder y dejarnos desear. Al igual que deseamos en la vida misma.

El último movimiento de Lelio se limita a dejar lo que falta en manos de Julianne Moore, quien suplanta a la chilena Paulina García y le deposita su confianza total al rol principal. Gloria le encuentra muchos puntos vulnerables y resistencias a Moore, quien incluso parece encontrarse a sí misma dentro del personaje, viviéndolo con la suficiente verdad. Es un rol maduro que Moore encara con delicadeza y eventual pasión, deambulando hasta chocar con las paredes en la realidad del film. Éste se introduce dentro de un paquete carismático, melancólico, triste y extrañamente optimista, que defiende su idea de remake por el mismo autor. Obtener esa conclusión significa que este aparente robo de identidad hace bien su trabajo. Si recrear adecuadamente sirve para presentarse en cara de más espectadores, entonces que así sea. Estoy convencido de que Lelio pensó de esa manera aquí, y me alegro de que lo hiciera, al conseguir que me topara con esta bella pieza.

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