Crítica | Belmonte (2018)

Una película sin conflictos que se queda sin argumentos

Por más que pueda tener una opinión marcada sobre el cine de Federico Veiroj, creo que él es una individuo fundamental para el panorama del cine uruguayo. Particularmente el actual, siendo un director, guionista y productor de una constancia poco común en la filmografía nacional. Muy por encima de los resultados, que pueden ser malos o buenos, nuestro cine puede aprovecharse de esas constancias, educando a un público y acostumbrándolo a una producción regulada. Por lo tanto, en ese aspecto me saco al sombrero hacia Veiroj, tratándose de un artista de inquietudes que lo guían a la cámara una y otra vez. Esa debería ser la lección que deje Belmonte, su nueva propuesta, siendo una película que cementa la constancia y ojo de su director. Lamentablemente, lo que demuestra por sí sola deja otro sabor, uno más agrío, trazando una narración de costumbres que son permitidas en nuestro cine, siempre y cuando no rocen un sentimiento de engaño o intenciones invisibles. Permitiendole que juegue a su modo, Belmonte empieza bienvenida pero termina agotando la paciencia.

Como anticipa su titulo, Veiroj apuesta todo sobre otro protagonista: Javier Belmonte (Gonzalo Delgado). Belmonte, como lo llaman casi todos sus conocidos, es un pintor sufriendo los vaivenes de la vida, llenando lienzos para controlar su ansiedad y queriendo pasar más tiempo con su hija, Celeste (Olivia Molinaro), fruto de una relación rota. A eso le sigue una demostración del arte de este pintor para manejar su existencia, pasando por los vínculos familiares, las preocupaciones, una exposición y otras viñetas pasajeras. El hecho es que Belmonte presenta al personaje lidiando con su cotidianidad, no algo que la rompa, lo que construye un cimiento sólido dónde debemos interrogarnos lo que pasa por su cabeza. El problema llega cuando debemos cuestionar la existencia de preguntas, o hasta las intenciones en la mente del propio Veiroj.

Pasada la mitad de sus concisos 90 minutos, Belmonte demuestra una actitud que le hace justicia a la trama presentada, dándonos la insípida vida del protagonista bajo un foco casi acostumbrado en el cine nacional; uno de pasividad y reflexión. La película sigue ese camino, presentando el estudio de un único personaje, desarrollando su vida y dejando que el espectador lo descubra. Hasta un punto, ese descubrimiento es coherente, pero darle un voto de confianza es arriesgado, ya que el permiso del espectador termina rozando limites. Empezando a coquetear con el cine de autor o el artístico, Belmonte arriba a una segunda mitad en dónde notamos la ausencia de profundidad e intención por parte del propio film. Hundiéndose en un grupo de secuencias simbólicas y extrañas por puro placer, la película entra en un espiral del que no advertimos y del que es difícil sacar material que complemente. Faltandole el respeto al propio espectador que acepta su paciencia, Veiroj se sabotea a sí mismo, y su interesante Javier Belmonte termina intrascendente, dado ni él ni su película lo comprenden.

Que Belmonte sea un personaje descartable en el inconcluso final de su cotidianidad, no significa que su interprete, Gonzalo Delgado, no comande la pantalla. Con la cinta entera en sus hombros, Delgado mantiene una sobria actuación capaz de mantener la atención y hacer que Javier Belmonte sea carismático incluso con su amarga actitud. Solo algunas direcciones lo frenan. Ahora, la verdadera estrella en pantalla es Olivia Molinaro como la joven Celeste, porque su interpretación es bella, y su realismo demuestra un talento incuestionable tratándose de una actriz tan pequeña. El resto de la calidad aparece en la propia filmación. Siendo una producción humilde e inmediata, Belmonte enseña técnica que demuestra la posibilidad nacional a nivel cinematográfico, dónde una vez más se supera a la sencillez.

Entrando en un espiral de decisiones incoherentes y rompiendo la confianza a falta de conflictos o intereses, Belmonte retoma algunas costumbres del cine uruguayo pero no sabe defenderlas. El libreto nunca asegura una inteligencia que nos haga dudar sobre el enigma del personaje, por lo que el protagonista se pierde más de lo que aparenta el propio relato. La única seguridad proviene de la técnica, que una vez más refuerza a Federico Veiroj como un cineasta que quiere filmar y que tiene habilidad detrás de la cámara. Eso sí, se tropieza con sus propias historias. Viendo a Javier Belmonte rodeando a un guitarrista, intentando agarrar una espada del suelo y terminando en una posición fetal sin motivo aparente, la película demuestra una pretensión que no tiene norte, no tiene profundidad y parece intentar compensar las carencias narrativas. Esa consciente ausencia preocupa, y pasa a ser imposible de defender. Si no recuerdo mal, el guion pregunta más de una vez “¿en que pensas?”, y la respuesta siempre parece ser “nada”. Efectivamente, llegando al final, me atrevería a decir que es la respuesta correcta.

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