Crítica | Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindelwald (2018)

J. K. Rowling no escribió una película, escribió un libro

A diferencia de otras ficciones infinitas, el universo de Harry Potter siempre presentó limites justos, a favor de spin-offs y continuaciones que realmente expandieran la obra de su autora, J. K. Rowling. Esta teoría quedó demostrada con la cinta de 2016, Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos, una precuela capaz de empujar su propia aventura mientras explicaba otros detalles de su mundo. Una combinación bastante ideal. Por ello, la llegada de su secuela llama la atención, invocando cierta ruptura de aquel paquete ideal. En vez de mezclar su propia aventura y abrir nuevas puertas, Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindelwald trata sobre pura exploración, exposición y organización de su nueva propuesta. ¿Una necesidad de cara a una nueva saga? Posiblemente, pero también una estructura que la complica como película.

Escrita por Rowling, el problema principal de Los Crímenes de Grindelwald, en comparación con su primer guion, es que la autora parece más interesada en escribir un libro y no una película. Sabiendo que la creadora de Harry Potter es experta en novelas con peso, su nueva obra pertenece más a las páginas que a los proyectores, hambrienta de un detalle que el cine no le puede prestar. Luchando contra un tipo de narración que necesita movimiento y que, por lo menos, debe obedecer a una estructura de actos.

Dicho eso, la secuela si se abre de forma espectacular, a medida que el encarcelado Gellert Grindelwald (Johnny Depp) queda en libertad en un ataque al ministerio de magia. El evento coloca al villano como énfasis y desencadena los rumbos de varios personajes en un nueva locación: París. El ya presentado Newt Scamander (Eddie Redmayne) recibe una misión de Dumbledore (Jude Law), quien busca la caída de Grindelwald pero no puede acercársele. Por su parte, Tina Goldstein (Katherine Waterston) también regresa, persiguiendo a Credence (Ezra Miller), el Obscurial desamparado y fugitivo, y con una búsqueda propia, la de sus orígenes. Éste último y la presencia de Grindelwald son la clave para cada mago visitando la capital francesa, quienes no descansaran hasta satisfacer los objetivos de sus respectivos bandos, que no son pocos.

Inmediatamente notaran la complicada naturaleza de esa base, y entenderán su enredo al revelar que esta introducción no es más que un esbozo de los personajes y las tramas de Los Crímenes de Grindelwald. La propuesta solamente apunta a los cimientos de una historia mucho más grande, introduciendo intriga, promesas y hasta excelentes momentos, pero algo falta. Cómo dije, lo que queda en pantalla podría aprovecharse de varias páginas adicionales, ya que el film apenas logra desarrollar lo que tiene, y en el proceso olvida hacer una aventura memorable por sí misma. Empezando porque ni siquiera sigue una estructura de actos comprensibles, o detiene la exposición con grandes despliegues de acción. En ese sentido, la secuela es inusual incluso para seguir las casi inquebrantables leyes de una superproducción. Por eso es admirable y hasta demuestra valentía, una que incluso recuerda a uno de los mejores films de Harry Potter, Las Reliquias de la Muerte Parte 1, pero hay algo que no entiende del todo.

Recordando la mencionada Parte 1 de esta franquicia, dicho film sobresalió por cambiar completamente el tono, el ritmo y por ser una obra de pura anticipación. Los Crímenes de Grindelwald hace todo eso, y hasta va más lejos en algunos aspectos, sin embargo, no es lo mismo llegar hasta ahí con una base marcada, que tener que encontrar la misma junto a tantos cambios. Ese conflicto la persigue. Esta secuela tiene tantas piezas que presentar, que narrativamente es difícil apreciar lo que hace bien, que tampoco es menor. Por ejemplo, este regreso puede enorgullecerse de ser una de las entregas más fascinantes en torno a la construcción y presentación del universo de Harry Potter. Entre intereses divididos, locaciones nuevas y toda clase de personajes, el espectador se enfrenta a un mundo especialmente desarrollado, tanto que el punto de estas precuelas se materializa. Estamos aquí para seguir descubriendo el mundo y la historia de Potter, y nada ahí carece de magia. Solamente hay que marcar una trama que nos lleve por los nuevos descubrimientos.

Olvidando las adiciones innecesarias, esta entrega hace justicia con dos inclusiones perfectas: un joven Albus Dumbledore y la maldad de Gellert Grindelwald. El primero, interpretado por Jude Law, encuentra el carisma y la sabiduría que esperamos de tan clásico personaje. Al punto de pedirle más escenas. El segundo, bueno, éste va más allá. El personaje de Grindelwald, incluido hasta en el título (al que haré referencia en breve), es el alma de la secuela, imponiéndose como una amenaza creíble y fresca, impulsado por ideales obviamente malignos y a la vez interesantes. Johnny Depp termina siendo el destacado de este extenso elenco debido a que su Grindelwald es lo más memorable, y lo mejor del climax, siendo más efectivo que una vacía escena de acción. Tener un film que confía en su villano para la conclusión es ideal, y es ahí que las intenciones encuentran justificación. Otros personajes también se aprovechan de la paciencia del film, particularmente aquellos que ya habían sido presentados. Como Newt y Tina, dos protagonistas que siguen teniendo química y frescura.

Mencionando su título, Animales Fantásticos: Los Crímenes de Grindelwald alude a la mitad del mismo. Quizá la más importante. Afortunadamente, la continuación al film de 2016 sigue teniendo interés en las criaturas que viven en este universo, hasta desde un punto simbólico. Es así que recibimos otra película llena de imaginación en cuanto a bestias mágicas, que terminan encantando e importando en el propio libreto. Ver que Rowling no olvidó ese aspecto es primordial, y abre la puerta a toda la creatividad del film. Creatividad que es recompensada con excelente talento técnico. No hay dos formas de verlo, ésta debe ser la película más bella en la franquicia. Al menos desde un punto visual, siendo el que mantiene la magia intacta. Eso sí, del otro lado del título (y esto ya es un capricho), no hay razón para que la película cargue con un nombre como Los Crímenes de Grindelwald, ya que el villano tampoco es protagonista y su crímenes, bueno, en sí no comete demasiados. Es más, tampoco se detallan los que cometió en el pasado. Es algo cómico mirando hacia atrás.

El segundo capítulo en la saga de Animales Fantásticos presenta magia que parecía perdida en otras películas de Harry Potter, incluso sacrificando su propia identidad. Ahora, al sobrecargar con personajes y tramas que solo sirven para marcar un rumbo, la precuela afronta las dificultades de ser “el capítulo en medio” y termina diciendo mucho y a la vez nada. Dividida entre una obligación y otro despliegue de la mejor clase de magia, la película se tambalea como unidad. ¿Cómo parte de una historia? En ese sentido tendrá que ser reconsiderada. En cada uno de sus afiches, la secuela pregunta: ¿Quién cambiará el futuro? La interrogante queda perfectamente plasmada aquí. El problema es que no oirán ninguna respuesta. Al menos una que argumente los sacrificios.

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