Crítica | El Infiltrado del KKKlan (2018)

Spike Lee fusiona la comedia, el thriller, la metáfora y la protesta

Por una parte, hay películas con denuncia sobre racismo que protestan con fuerza y clase, cuyo drama aterriza sobre nuestras conciencias bajo un marco habitual. Luego, en otra punta distante, está El Infiltrado del KKKlan, un cóctel polifacético de Spike Lee que fusiona la comedia negra, la historia real, el thriller, la metáfora y la protesta para introducir un punto. Ahora, bajo la mano de un director tan particular, incluso pseudo controlado, ese punto no pretende quedarse ahí. Sintiendo un enojo en su forma de narrar, Lee está aquí para sugerir una obvia injusticia y luego transformarla en una furiosa literalidad, un desagradable sentimiento de tristeza e impotencia que empieza bajo una interrogante y termina con un efecto imposible de ignorar. Será poco ortodoxa, pero ésta es una ganadora.

Disfrazada a medias como una comedia de infiltrados, KKKlan introduce al policía novato Ron Stallworth (John David Washington), un afroamericano dispuesto a apostar por la justicia durante la era de los 70, dónde el racismo estadounidense empezaba a retroceder y a la vez campaba a sus anchas. Harto de monitorear los archivos policíacos, Stallworth lucha por un puesto en las operaciones infiltradas y pasa a comandar una propia: controlar los movimiento de la organización racista del Klu Klux Klan. Con un color de piel que le prohíbe infiltrarse en el KKK, Ron acude a su compañero, Flip (Adam Driver), para que sea el hombre en el campo, dónde empiezan a indagar más sobre la desagradable y peligrosa organización. Quizá hasta demasiado.

La película vende una comedia negra en la que invierte, y la hace funcionar. La trama atrapa al espectador y le da un gran entretenimiento de sobresaliente inteligencia, sin embargo, el mismo debería considerarse un vehículo para golpes más fuerte. Es probable que su thriller humorístico comande el 75% de la duración, pero todo sigue obedeciendo a una causa mayor, algo que ni Spike Lee ni su producción pueden obviar. Cada risa o gancho de su libreto tiene alusión a un panorama moderno, muy alejado de la carcajada, uno que olvida el pasado, niega y vive en un constante estado de alerta.

Tratándose de Spike Lee, no es raro que su obra luzca una variada lista de tareas, entre la trama, la denuncia y hasta una crítica al cine y la industria de Hollywood. KKKlan utiliza técnicas clásicas y se permite ciertas rarezas, sea en el dialogo o planos muy particulares. Aun así, lo que más sorprende de Lee es su controlado espíritu, dejando que su arte forme parte de la película sin quebrarla, o llevarla a un extremo que evada a un espectador despistado. La cinta maneja bien su mezcla y se explica desde la introducción, dónde un Alec Baldwin ofrece un discurso singular. Lo que consigue que el drama cargue con un constante mensaje, incluso cuando propone chistes muy conscientes.

Spike Lee no quiere que su mensaje se pierda entre su estilo, algo que queda evidente con su subrayado final. Uno que no depende de arte o metáfora, sino una literalidad que la película incluye para triplicar su efecto; que existe por las dos horas que preceden a la conclusión. ¿Se trata de algo fácil? Posiblemente, pero en contexto es un golpe duro, dónde una imagen queda grabada. Por su importancia, sí, pero también por el valor de colocarla, por completar una película disfrutable e inteligente, con un mensaje que, compartiendo con Lee, no se puede pasar por alto.

El excelente reparto sabe controlar la sátira desplegada, encontrando actores en toda clase de limites. Los personajes varían en cuanto a libertades y brillan por éstas. El novato hijo de Denzel Washington, John David Washington, demuestra mucho carisma como Ron Stallworth, y Adam Driver lo complementa con su fantástica calma. Y si cruzamos al lado del KKK, todos resaltan, aunque es difícil olvidar a Jasper Paakkonen como la mayor amenaza del film; o la interpretación de Topher Grace como el desagradable David Duke. Dicho eso, el talento del elenco mantiene la posibilidad de contemplar una sátira de tonos tan alterados y poco sutiles. Todo forma parte del constante contraste, permitido solo por la destreza de sus colaboradores.

Habitualmente, combinaciones como la de El Infiltrado en el KKKlan suelen sucumbir a sus propias ambiciones, pero este caso encuentra el balance. En una de sus esquinas, la película hace alusión al cine, remarcando que la cultura audiovisual está construida sobre cimientos racistas e intolerables, y priorizando el poder de la unión de imágenes y contextos. Por otro lado, Spike Lee responde a esos aspectos y critica al cine, pero a su vez aprovecha su mencionado poder a favor de una causa eterna, cansada de sutilezas, y en necesidad de una literalidad cinematográfica. No sé que tan adecuada sea su intimidante imagen final, pero verla plasmada en pantalla transmite la importancia de esta película. Una que se disfruta cuando bromea y se escucha cuando habla en serio.

Sentado en mi butaca, finalmente pensé “¿Spike Lee acaba de poner eso en pantalla?” La respuesta es sí, y creo que tenía razones para hacerlo.

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