Crítica | Malos Momentos en el Hotel Royale (2018)

Un misterio anticuado, interesado en personajes y un único espacio

Vi Malos Momentos en el Hotel Royale durante el MONFIC 18

Tras un debut ideal (y atrasado) con Cabin in the Woodsel cineasta Drew Goddard volvió a los libretos de gran escala y evito que lo encontráramos al frente de otro proyecto personal durante más de cinco años. ¿Por qué? Quizá le faltaba su cuota de personalidad. Ya sea que resulte excelente o nefasta, su nueva película demuestra una mentalidad de autor que justifica su ausencia. Lo digo porque hay poco lugar común en Malos Momentos en el Hotel Royale, un relato de crimen con estilo anticuado y gran énfasis en un solo espacio.

Desde el instante en que vemos una línea roja en su lobby, que marca la separación entre los estados de Nevada y California, el Hotel Royale se establece como el absoluto protagonista de Goddard. Ambientada en los 70, su película utiliza este curioso alojamiento para unir a un grupo de personajes pintorescos, cada uno con sus propios objetivos y secretos, en busca de un enredo aislado, distinto al argumento habitual. Un cura (Jeff Bridges), una cantante (Cynthia Erivo), un vendedor de aspiradoras (Jon Hamm), un recepcionista (Lewis Pullman) y una hippie (Dakota Johnson) actúan como piezas en el tablero, y en cuanto el guion hace el primer movimiento, todo entra en cierta marcha: una poco clara pero muy particular.

Acompañando a la época en que se desarrolla, Royale es anticuada en varios aspectos, empezando por su ritmo. Con una gruesa duración de 140 minutos y una sola locación, el relato es paciente en todo momento, estirando conversaciones y descubrimientos con tiempos bastante reales. Esto fabrica un thriller a fuego lento, que va soltando pequeños acentos de camino a su climax. Encima de esa cualidad, la propia estructura que crea Goddard también es refrescante. La cinta se encapricha con la forma más efectiva de narrar y así traza lineas de tiempo que vienen y van, pasados instantáneos y un acertado uso de puntos de vista. Quizá ahí reside su virtud, en crear suspenso y ponerlo en espera para que otro personaje lo resuelva.

Luego de la construcción y el subrayado de su hotel, el segundo interés de Goddard obedece al diálogo y los personajes. Royale solo tiene a sus protagonistas e ingenio para atraer. Por una parte, esa es una grata sorpresa, encontrando perfiles creativos que nos hacen querer indagar en la vida de cada personaje. El problema son los límites de la profundidad. Hay protagonistas que saltan de la página, al igual que sus intérpretes, mientras que otros alcanzan su cuota al entenderlos de inmediato. Con un reparto estelar que incluye caras bien actuales como la de Chris Hemsworth o Dakota Johnson, lo cierto es que las actuaciones obedecen a los roles. En este caso, lo mejor lo obtienen el genial Jeff Bridges como el cura, y el casi novato Lewis Pullman (hijo de Bill Pullman) como el recepcionista del Royale, quien se roba la película. Está claro que Goddard puso especial atención en este dúo.

He oído obvias referencias a Quentin Tarantino alrededor de Royale. Sin embargo, me cuesta hacer una asociación así, porque ni los diálogos o los personajes se acercan a la clase de calidad que Tarantino ofrece. En su naturaleza hay parecidos, es solo que que el paquete se mueve de otra manera, ya sea por los ritmos, la estructura o la forma en que actúa la cámara. Crear un thriller noir anticuado y paciente es el único objetivo de Malos Momentos en el Hotel Royale, y eso ya es bastante admirable por sí solo. Al menos lo suficiente como para llamar la atención y llegar hasta el final de la narración, dónde se mezclan excelentes recursos y densos tropiezos. A pesar de los últimos, Drew Goddard igual merece crédito, porque guarda más de un as en este proyecto poco ortodoxo. ¿El mejor en mi opinión? Hacerle justicia a una locación memorable. En ella, cualquier ausencia de misterios es perdonable y eso es lo único necesario para aprovechar esta particular estadía.

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