Crítica | El Depredador (2018)

Shane Black no ofrece suficientes argumentos para revivir a esta franquicia

Es sorprendente que El Depredador sea un proyecto personal para el talentoso director y guionista Shane Black (Iron Man 3, The Nice Guys). No por contexto, dado que él participó en la primera Depredador de 1987, sino porque la cinta no combina armónicamente con su filmografía. En su corte final, éste parece el trabajo de alguien más, solamente reescrito o retocado por Black, quien luce un desorden y una falta de ingenio impropio de su cine. El dialogo y las intenciones podrán proponer el nuevo sabor que Black debía ponerle a esta franquicia, sin embargo, estamos frente a otra curva turbulenta para una serie de constante promesa y poco efecto.

La franquicia de Depredador nunca fue una llave clara para el éxito. Con una primera entrega memorable, dos olvidos y un crossover abismal, lo que Shane Black plantea no es nada fuera de lo habitual, ni nada equivocado. Es difícil salir de la zona de confort cuando la misma tiene problemas, por lo que El Depredador vuelve a la casilla inicial y dibuja un espacio fácil para que el cazador alienígena del titulo pueda perseguir humanos tranquilamente. Por lo tanto, con más o menos detalles, Black recuerda que hubo entregas pasadas, pero que ahora podría ser el momento de ver a la franquicia despegando. Por su parte, el despegue de una nave espacial es lo que activa este argumento, a medida que otro Depredador aterriza en la Tierra con motivos que superan su cacería ordinaria. Ésto involucra a un francotirador, una científica, un niño y un grupo de excéntricos militares, que deberán trabajar juntos para detener al extraterrestre y salvar a nuestro planeta.

No puedo negar que existe intención por parte de El Depredador, apostando a escapar al molde desde su esencia. Dónde Shane Black impone huella es en la construcción de una entrega inclinada hacia la comedia, no la sangrienta cacería que suele relacionarse con la criatura protagonista. Si, es cierto que hay sangre y despliegues de acción extraterrestre (por si eso es lo único que les interesa de esta franquicia), sin embargo, la ansias por convertir a la secuela en una superproducción que salté de la pagina están por doquier, y el mayor problema con dicha estrategia, es que la misma funciona por las razones equivocadas. Esta secuela aprende de muchos especímenes recientes, dónde la acción, la comedia y los obligatorios efectos digitales se unen para crear un cóctel que agrade a todos. Con ese aprendizaje de Hollywood llega una narración problemática que pocas veces parece lucir un norte, y que toca el completo descontrol durante su tercer acto. Ciertas sugerencias no reciben un remate, las revelaciones no tienen peso y la trama se entrevera por puro placer y, bueno, también para coordinar escenas de acción. Acción insípida que no se aprovecha de la viva promesa de Depredador, ya sea en concepto o aspecto. Aislados en un pueblo bajo una eterna noche, todo se traduce a un ruido poco particular que se vuelve insostenible durante su conclusión. Muchos disparos, bosques y alguna que otra criatura.

Este tren descarrilado llega a su destino gracias a los fugases agregados de Black, quién saluda ocasionalmente desde su libreto con algún chiste memorable o, la mejor oferta del film, sus personajes. No hay nada fantástico en el desarrollo de estos protagonistas, ya que todos se mantienen sobre la misma línea descartable por la que pasan los miembros de una película de esta clase (recordemos que los Depredadores necesitan victimas). Dicho eso, cada uno tiene lo suyo, y su acercamiento ligero logra presentar peones caricaturescos que distinguen a la entrega. Algunos merecen un trato superior y otros se olvidan, pero por una vez, para este género, los personajes cargan el resultado hasta el final, incluso más que los monstruos. Adicionalmente, el reparto le saca jugo a los diálogos, lo que termina solidificando a ciertas estrellas emergentes como Boyd Holbrook de Logan y Trevante Rhodes de Moonlight.

Admirando la colección de intenciones presentadas, El Depredador podría haber sido el aire fresco para una franquicia constantemente ahogada. Pero, el uso digital innecesario, la acción cruda, el argumento sin centro y su nocturno aspecto resultan en una secuela sin ganas de evolucionar. Sinceramente, la idea de volver a visitar el film me aterra, solo por saber que diseccionarla le haría un daño todavía más alto. Su problemático y cansado tercer acto son la prueba de que algo no está del todo bien en la naturaleza del film, que se desploma lentamente hasta tocar una eventual monotonía. Ahora, diré que el aburrimiento no es lo que define a El Depredador. Compitiendo con otras secuelas de su nivel, la película no está compuesta de mediocridad. Todo es una leve decepción que se suma a una serie de constantes promesas. Las que volveré a creer cuando la serie vuelva a reinventarse. Porque, lamentablemente, El Depredador no es la versión definitiva de esta serie.

 

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