Crítica | Mi Obra Maestra (2018)

Una comedia negra simple, elegante y cambiante

No es habitual considerar el material publicitario de una película a la hora de evaluarla. Al mismo tiempo, éste tampoco suele ser tan relevante como el de Mi Obra Maestra, lo nuevo del argentino Gastón Duprat. Por supuesto, nunca traería un trailer o afiche a la mesa para hundir la calidad de una cinta, aunque lo haría si resultara útil para defender al producto en cuestión. Lo diré entonces, bajo ningún concepto vean el avance de lo nuevo de Duprat, no solo porque proporciona una representación errónea de su obra, sino porque también la arruina por completo. Es una advertencia, una queja personal, mencionada porque realmente hay mucho que disfrutar en esta pequeña y sencilla comedia negra, balanceada entre lo filoso y lo simpático.

Volviendo a ese trailer desafortunado, hay un limite de culpa que puedo verter sobre él. De enfrentarme a su campaña publicitaria, no sé que fragmentos utilizaría para vender el film sin A) No mostrar nada, o B) Mentir de principio a fin. El problema es que Mi Obra Maestra presenta a Gastón Duprat luego de la excelente El Ciudadano Ilustre (que co-dirigió junto a Mariano Cohn), película que decide seguir con una simpleza similar. Una demasiado fácil de resumir en un par de minutos. Sin embargo, la falta de complejidad no condena, tratándose de otro cóctel firmado con el estilo de su director, de menor peso pero con otra serie de golpes bajos a ciertas instituciones, especialmente la del arte y todos los aspectos que se descuelgan del mismo como negocio. Con esa base en mente, lo único revelable es que trata sobre un pintor de glorias pasadas, Renzo Nervi (Luis Brandoni), y su representante y galerista, Arturo (Guillermo Francella), quien se esfuerza por vender la obra de Nervi incluso bajo resultados desastrosos. Esa sola promesa representa una cinta que constantemente va cambiando y que definitivamente se aprovecha de que no conozcamos sus intenciones. Como cualquier película, sí. Lamentablemente, hay que aclararlo.

Mi Obra Maestra se siente como una versión más directa y liviana de los mayores triunfos en la carrera de su director. No hay demasiadas complejidades en ella más que las planteadas por el libreto de Andrés Duprat, cuya naturaleza se devela poco a poco y deja que la comedia cambie entre las carcajadas y un ligero drama. Llamarla comedia negra no es del todo acertado, aunque su tono tampoco le hace favores, deambulando entre distintos estados para el espectador. El tono se vuelve más peculiar al mirar de lejos. Con los créditos delante es muy difícil dar una única definición, contando más de una pincelada que no convive con el resto. Me refiero a un film que comienza con una narración cuestionable por parte de Guillermo Francella, una que incluso se transforma en un breve monologo sobre Buenos Aires que suena fuera de órbita. Especialmente cuando lo acompaña una decisión musical de cierto contraste. Aún así, consciente de todas sus contraposiciones, lo nuevo de Duprat flota con facilidad, emitiendo un estilo moderno admirable que solo se rompe por los obvios deslices, esos en dónde la comedia resulta menos sutil.

Sospecho que el gran contraste que se siente en su totalidad vuelve a la relación entre los dos protagonistas, un pintor bohemio y burdo, y un representante de arte refinado. El choque entre estos dos personajes se eleva hasta el funcionamiento de la película, que por momentos ningunea su relación con astucia. Francella y Brandoni tienen química para aflorar dicha relación y garantizan más de una interacción memorable. Por su parte, Francella es carismático como la parte regia y sensata de la pareja, mientras que Brandoni aprovecha lo primario de su personaje a un punto en casi es odioso. Pero tranquilos, esa es exactamente la idea.

La facilidad de Mi Obra Maestra es lo que la hace tan ideal. Con poco, se presenta de una forma parcialmente estilizada y extremadamente practica, incluso utilizando la cantidad justa de planos. Con escasa interferencia de la cámara, el guion respira y sigue su curso de forma cambiante, tocando varios tonos con delicadeza hasta tener una mezcla elegante con un tema de interés y una seriedad medida. Puede que Gastón Duprat no alcance la ironía de poder referirse a Mi Obra Maestra como su mayor logro, pero podrá exponerla armónicamente dentro de su colección.

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