Crítica | Rampage: Devastación (2018)

Una película B de presupuesto A

Forjada a base de experimentos fallidos, animales monstruosos y un videojuego olvidado, Rampage: Devastación es la definición de las películas B que se saltean las salas de cine y aparecen directamente en televisión. No hay prestigio en esta clase de cine, sin embargo, no soy quién para menospreciarlo del todo, sabiendo que existe disfrute en él cuando sus elementos encuentran la alineación justa. Estoy seguro que muchos espectadores comparten esa visión, más en una época dónde hemos recibido incontables secuelas de un fenómeno como Sharknado. Es por eso que hoy hablamos de una superproducción que emula los encantos de esas exageradas obras. Como dije, Rampage es cine B, pero cuenta con un presupuesto de A, y con una de las estrellas más exitosas del momento: Dwayne Johnson. Es entonces una apuesta extraña, con una presión notoria, principalmente por ver como se toma todo demasiado en serio y por sentirse una excusa para llegar a una batalla final que tampoco es memorable.

Jurando ser la adaptación de un videojuego, Rampage supone calcar el argumento del mismo, que básicamente consiste en tres animales gigantes destruyendo una ciudad. Con poco más para agregar, la película busca la forma de llegar a este evento caótico con lo mejor que se le ocurre. Previo a la destrucción, la cinta propone a una empresa que juega con la posibilidad del retoque genético en animales, un experimento que, casualmente, se pierde en tres puntos de Estados Unidos. La sustancia infecta a un cocodrilo, a un lobo y a un gorila albino, George, que casualmente resulta ser el mejor amigo de Davis Okoye (Dwayne Johnson), un primatólogo que no descansará hasta lograr que George se cure. Bueno, y que también deje de destruir todo lo que encuentra a su paso. Eso resume la clase de puente que presenta el film para llegar a dónde pretende: unos 40 minutos de destrucción sobre la ciudad de Chicago; si se quiere, una adaptación exacta de su fuente.

Con poco más que una excusa para mostrar acción, la película está aquí para hacer que su delirante propuesta sea entretenida. ¿Qué propone? Bueno, no lo suficiente, o no lo correcto. Siendo parte de ese cine B y contando con una carismática estrella como Dwayne Johnson, Rampage sorprende por el poco jugo que le saca a sus beneficios. Quizá sea el presupuesto con el que juega, y el hecho de que deba convencer al mayor público posible, pero estamos ante una propuesta excedida que nunca pisa el acelerador. A ver, se mueve rápido y llega al tercer acto de la forma más ágil, sin embargo, ninguna de sus locuras accede a su verdaderas posibilidades. Si tiene una ventaja el cine B, es que siempre parece entender de que se trata, y que gran parte de su encanto proviene de ese conocimiento personal. Rampage no reconoce su identidad, al estar convencida de que es una película seria de catástrofes, no una comedia de acción dónde su héroe se enfrenta a un montón de animales monstruosos. Reconocer su material debería ser suficiente para mantener las muecas y los guiños en sesión continua. Solo que no, el tono serio nunca es vencido del todo, por lo que el espectáculo nunca puede romper sus propias cadenas. Eso no es decir que las excentricidades no existen. Hay destrucción, hay antagonistas atroces, hay eventos ridículos y hay personajes imposibles de matar. Ahora, todo eso no es muy disfrutable, sino mediocre, al verlo dentro de una película que no está completamente segura de lo que debería ser. O bueno, quizá lo sabe y simplemente no cargue con el entretenimiento necesario.

Incluso con unos animales genéticamente modificados, la mayor promesa del film es Dwayne Johnson, cuyo carisma suele mejorar cualquier panorama dudoso. De hecho, también mejora este. Tras verlo revitalizar Rápido y Furioso y en Jumanji: En la Selva, Johnson demostró seguridad sobre su carisma, seguridad que no existe en Rampage al tenerlo desaprovechado. Su entretenido liderazgo no se siente, y solo en los minutos finales toca las verdaderas y tontas posibilidades de su rol. Aunque, debo admitir que su relación con el Gorila George es disfrutable, y hasta rescata al film de la catástrofe, pero no es suficiente. Con Johnson fuera de juego, el resto del reparto tampoco hace muchos favores. Jeffrey Dean Morgan se la pasa hablando como cowboy trillado en un rol sin gracia, y Malin Akerman y Jake Lacy se apoderan de una dupla de villanos desastrosa, dueños de acciones, diálogos e ideas vergonzosas.

Rampage: Devastación es obviamente tonta, pero su problema es que nunca suena demasiado consciente de esa condición. Este constante espectáculo de monstruos atacando ciudades tiene un comportamiento más concentrado en la seguridad que la libertad de sus ridículas características. Así es como, ni su argumento ni sus monstruos, tienen el poder de correr libres y dejar que el espectador disfrute de un entretenimiento salvaje. En la forma en que se presenta, Rampage está controlada, y prosigue a desperdiciar el espacio para el desenfreno y el comprobado carisma de Dwayne Johnson, dos oportunidades de oro para elevar un proyecto ridículo que no se atreve a ir dónde debe.

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