Crítica | Un Lugar en Silencio (2018)

John Krasinski se luce en su silencioso debut como director

Cuando se piensa en John Krasinski, es fácil recordar The Office o sus múltiples roles de carisma y humor. Una cosa es segura, hasta el día de hoy no lo imaginaba dirigiendo, ideando y protagonizando una intima película post-apocalíptica de concepto especifico y efecto novedoso. Como simple truco, Un Lugar en Silencio se trata de planear una experiencia de terror callada, pero en total, estamos hablando de un relato que utiliza su silencio para transmitir el temor, mientras que los sonidos introducen un pánico intenso que solidifica el pacto entre el espectador y los protagonistas. Krasinski arrasa las expectativas con su primera película, que cuando está callada, es valiente, y cuando es ruidosa, deja a la audiencia muda.

Sin ningún preámbulo, Un Lugar en Silencio presenta su concepto y protagonistas en cuestión de minutos. El escenario propone a una familia de cinco vagando por una ciudad abandonada, dando pasos cuidadosos y procurando hacer el menor ruido posible. ¿La razón del silencio? Que algún tipo de criatura los acecha, y que la misma es especialmente sensible a cualquier sonido. Con eso, el film ya explica todo lo necesario, por lo que continua a preparar un juego particular, dónde el silencio desafía a los espectadores y a los cineastas . Inmediatamente, esta pieza se separa del resto al contar su historia de forma visual, comunicarse con gestos y utilizar la falta de sonido a su favor. Durante 75% del relato, la cinta muestra sus agallas y se atreve a callarse, todo para que el inevitable ruido nos agarre desprevenidos. Hay tiempo para elogiar las cualidades de sus secuencias más ruidosas, no obstante, la mejor cualidad de esta pieza es estar calmada la mayor parte del tiempo, algo que el cine de terror habitual no suele comprender.

Gracias a su pasiva forma, Un Lugar en Silencio da la oportunidad de conocer a sus protagonistas, de encariñarse de ellos, de entender la dura situación a la que se enfrentan. Por un lado, los padres, interpretados por el propio Krasinski y su siempre talentosa esposa, Emily Blunt, demuestran un sentimiento de supervivencia creíble e inevitablemente triste, topándose con el hecho de que quizá no puedan proteger a sus hijos. Por su parte, los hijos lidian con la realidad de vivir en un constante pánico y de enfrentar la eventual culpa que llega cada vez que cometen un minúsculo error que puede costares la vida. Es decir, hacer cualquier ruido medianamente fuerte.

No importa que tan pasiva se vea la mayor parte del tiempo, la película tiene un alma despiadada en el centro. Las decisiones que toma no son fáciles de digerir y consiguen tocar al espectador; emocionalmente hablando y también como simple despliegue de sustos. No, no creo que Un Lugar en Silencio sea una película de terror exactamente, en realidad vendría a ser una tensa obra de ciencia ficción, pero no cabe duda de que, sea el género que sea, los nervios que inyecta son una realidad. Con solo 90 minutos de duración, esta es una experiencia muy simple y muy ágil, con nada que sobre ni que falte. Por eso la misma actúa constantemente, porque cada escena de silencio es una preparación para los descontroles que vienen después. Eso incluye el cariño que empezamos a tener por los personajes, quizá lo más raro en una película de esta clase. Tras tanto silencio y preparación, los segmentos de más sonido resultan fantásticos, sintiendo que provienen de un lugar caótico, invocando tanto peligro como los personajes sugieren con su cuidado. Efectivamente, cuando alguien hace un ruido alto, el infierno se desata sobre los protagonistas, y sus riesgos son tomados en serio.

John Krasinski debuta como director en buena forma, y lo hace con una joya pequeña, una que recuerda a los inicios de M. Night Shyamalan o a la reciente 10 Cloverfield Lane, película que combinaba drama, terror y ciencia ficción en un paquete reducido. Krasinski mezcla las tensiones de un thriller poderoso y el cariño de un drama muy corto. Él seduce con un relato que atrapa por su concepto y nos invita a quedarnos debido a su lograda ejecución, dónde el sonido lo es todo, ya sea que esté completamente apagado o que se apodere de todos nuestros sentidos.

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