Crítica | Apuesta Maestra (2017)

Solo la emoción ralentiza a este electrizante drama escrito y dirigido por Aaron Sorkin

Pueden contar con que Aaron Sorkin haga cualquier tema interesante, y con su buen ojo a la hora de elegir proyectos, esa habilidad suele estar dirigida a pulir historias que de por sí interesan. Su nuevo libreto, y su primera oportunidad detrás de la cámara, Molly’s Game (o Apuesta Maestra como ha sido bautizada en latinoamérica), es otra prueba de eso. Su mano en la historia de Molly Bloom y el mundo del poker clandestino embarca al espectador sobre un electrizante recorrido dónde los hechos se apilan y atrapán como redes, demostrando que el guionista sigue en excelente control de su dialogo, uno de los mejores en Hollywood. Dicho eso, su poder tiene limites, y cuando la emoción recae sobre la mesa, la imagen deja de ser perfecta.

Cuando Sorkin encaró la codiciada novela de Bloom, Molly’s Game, él sabía que había cantidades de conversaciones y situaciones anhelando por ser escritas: partidas de poker entre celebridades, un negocio clandestino, la mafia rusa y, lo mejor de todo, Molly Bloom (Jessica Chastain), una figura ideal uniendo cada secuencia. Queda claro que el principal interés de Sorkin estaba en sacarle jugo a Bloom, dibujándola como una fuerte protagonista, con cerebro, astucia y unos valientes principios. Porque esa personalidad nos adentra en el mundo en el que ella entró en 2004, cuando pasó a formar parte de una serie de partidas de poker secretas que la catapultaron al limite de lo legal. Un limite que eventualmente la llevaron a verla acusada en 2014 por organizar partidas de juego ilegal y por tener una posible conexión con la mafia rusa.

Todo esto forma parte de Molly’s Game, lo que convierte a esta pieza en un relato audaz que siempre tiene algo memorable para contar; que comienza desde el principio y prosigue a saltar de un lado a otro entre los juegos clandestinos y los problemas legales a los que éstos condujeron. Sonará entreverado, pero el libreto de Sorkin lo hace funcionar, llenando los espacios con palabras cautivadoras que acomplejan las situaciones y las hacen un placer de escuchar. Pero por supuesto, el hombre no vive de dialogo, y es por eso que el director y guionista redondea su intrépida historia al rededor de Molly Bloom como persona. Ahora, cuando se invita a la parte más emotiva de la historia, que efectivamente existe, la adrenalina se dispersa. La faceta emocional y dramática de Molly’s Game falla a la hora de encontrar un ángulo que convenza al espectador tanto como todo lo demás. Todo lo que la película dice sobre Molly Bloom es cierto, y prosigue a dibujarla como es debido según los hechos enseñados, es solo que ni siquiera Sorkin es capaz de canalizar ese drama en algo tan cautivador como su suspenso de palabras.

No podría negar un argumento que estuviera en contra de la conclusión de Steve Jobs, el pasado y excelente guion de Sorkin. Eso es porque los instantes finales introducen cierta emotividad que desentona con la innegable adrenalina que desprende el resto de la película. Creo que yo sería capaz de crear un argumento similar para Molly’s Game, entendiendo que sangra a partir de la emotividad pasiva que pretende introducir dentro de una historia de palabras rápidas. Cuando la emotividad quiere llegarle al espectador, el ritmo pierde el paso. Eso es monumental para una cinta que se caracteriza por ser ágil y por anclarnos a esa agilidad durante cada dialogo.

Habiendo establecido que no se trata del mejor guion de Aaron Sorkin, su dialogo y despliegue siguen siendo intrépidos, y lo que es mejor, su dirección prueba ser memorable. Siendo su primera película, Sorkin deja huella dirigiendo, y consigue grandes actuaciones de Jessica Chastain en el rol principal y de Idris Elba como Charlie Jaffrey, el abogado de Molly Bloom. Ambos interpretes controlan el dialogo de Sorkin con soltura y lo demuestran de maneras diferentes. En primer lugar, el merito de Chastain es innegable, presenciando como carga el relato en sus hombros durante más de dos horas; y sobre Elba, bueno, su ejecución de los diálogos no es nada menos que perfecta, emparejando carisma y seriedad a base de grandes monólogos. Una tenaz edición termina de redondear un paquete que entusiasma y despliega escenas que acercan a la pantalla; e incluso con el peso casi nulo de su emotividad, el último fotograma completa una metáfora a la que Sorkin apunta en sus momentos más melosos. Por eso es que tampoco hay tanto que cobrarle a esta película. Es un drama de apuestas que muestra las cartas ganadoras sin tener la mejor mano posible. Supongo que ese tecnicismo es irrelevante, lo esencial es que se levanta de la mesa con todo el botín.

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