Crítica | Pequeña Gran Vida (2017)

Alexander Payne apuesta a lo grande para enseñarnos al mundo en pequeño

Cuando Alexander Payne presentó Los Descendientes, una cinta anclada a sus ritmos y sensibilidades adultas, el tocó un punto alto en su carrera, del que podía seguir con puro apoyo. En vez de poner más sobre la mesa, él continuo con Nebraska, una película más que intima, en blanco y negro, y centrada en personajes simples y escasos. La escala del proyecto no hizo que el producto perdiera calidad, y se ganó el corazón de los seguidores de Payne, quienes no podían estar en desacuerdo con el camino que escogió luego de su mayor éxito. Ahora, saliendo de Nebraska, el director y guionista parece haber tomado su carta blanca para hacer un proyecto más arriesgado, porque Pequeña Gran Vida es toda una apuesta curiosa, presentando un drama adulto dentro de una trama de ciencia ficción que abre toda clase de posibilidades cinematograficas. Arriesgada o no, es una buena idea que debería ser todo un encanto en manos de Alexander Payne. Lamentablemente, la garantía de que debería funcionar no quiere decir que lo haga, y sus buenas intenciones no son capaces de encontrar el interés que esta narrativa exige a mitad de camino.

Empezando por la buena idea, Pequeña Gran Vida propone su trama a partir de un mundo dónde se descubre la posibilidad de “achicarse”, un procedimiento que encoge a un humano a un tamaño de unos 15 centímetros. Ese tamaño otorga la oportunidad de una vida en una ciudad en miniatura, con todos los lujos soñados y al precio ideal. Dado que la vida de un humano achicado es cien veces más barata, Paul (Matt Damon) y Audrey (Kristen Wiig) lo ven como la posibilidad de cambiar sus vidas, de escapar a los problemas financieros y encontrar la felicidad que anhelan. Dispuestos a enfrentar el escalofriante tratamiento, ambos se adentran en las empresas de Leisureland, dónde los encogerán y les darán caras comodidades para vivir el resto de su vida. Por supuesto, aún si la vida parece perfecta, Paul y Audrey deberían tener en cuenta la parte más importante de su contrato: el procedimiento al que se enfrentan no puede ser revertido.

Es cierto que la promesa de Pequeña Gran Vida está trabajada de sobra, las dudas están en sí la misma puede funcionar por sí sola. Yo creo que sí, la película se toma unos 60 minutos para presentar su idea y ejecutarla con ritmo. Dicho eso, el verdadero problema está en que lo nuevo de Alexander Payne tiene demasiados minutos, y a medida que una hora completa su presentación, la segunda se embarca en un argumento que quita el brillo y no consigue llegar a los mensajes o satisfacciones que busca, no en su tercer acto por lo menos. Todo lo que la película quiere transmitir parecería estar cementado en el propio nudo de la historia, en el simple recorrido por la vida encogida, en el día a día de la persona buscando la felicidad en un lugar aparentemente diferente. Es notorio que el argumento entra tarde, y lo que trae carece de rumbo. Introduce a un personaje memorable interpretado con gran carisma por Hong Chau, pero a partir de ahí, la segunda mitad del film no tiene efecto y hasta agota la paciencia.

No se si será falta de detalle o decisión, pero pasado un punto, los cambios de tamaño ya no implican una diferencia sustancial en las escenas. Olvidar que todo es más pequeño ayuda a que la película informe uno de sus temas más importantes, inclinado sobre la idea de que una sociedad de humanos siempre es y será igual, sin importar el tamaño de la misma. La sociedad minúscula llega a lugares comunes, y en ellos encuentra lo suficiente para crear una película, para justificar la razón de explorar un cambio radical en el futuro de la raza humana. Hablando de un cambio así y al ver que Payne refuerza su guion habitual con un concepto novedoso, uno esperaría que su proyecto fuera más disfrutable o estimulante. El drama carismatico sigue siendo el mismo, anclado a un tono adulto y humorístico que maneja los altos y bajos; y nos sostiene cuando la creatividad visual o argumental pierde el efecto. Ese estilo Payne sigue vivo, solo que no alcanza la altura de su idea principal.

Alexander Payne se topó con una gran idea, pero vertió sobre ella su cine habitual. Eso no es un error, en realidad es una gran combinación que aguanta su peso durante la primera mitad de esta experiencia. Sin embargo, durante la segunda mitad, la novedad ya no tiene la delantera y el argumento no compensa las perdidas. Payne pensó en esta película, así es que llega a hablar de la repetición de la sociedad humana, de lo cíclico y de varios elementos que conducen a un mensaje irónico y decente. Pequeña Gran Vida resume que lo importante está en las pequeñas cosas, el mensaje que cualquiera esperaría de un proyecto como este. Por lo tanto, no quedan demasiadas quejas al rededor de esta curiosa fantasía, solo hay decepciones. Analizando el talento y el concepto general, grande o pequeña, esta película debió ser más.

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