Crítica | Detroit (2017)

Kathryn Bigelow transforma el drama en terror con un retrato tristemente contemporáneo

Es interesante como la directora Kathryn Bigelow y el guionista Mark Boal han deambulado por campos de guerra en sus últimas tres películas. En 2009 se enfrenaron a la guerra de Irak con la excelente The Hurt Locker y en 2012, ambos pasaron al otro lado con la cacería de Osama Bin Laden en Zero Dark Thirty. Dichos trabajos se beneficiaron de un valor contemporáneo, y en 2017, la tercera pieza del rompecabezas pasa a hacer lo mismo. Con Detroit, Bigelow y Boal viajan al año 1967, a los disturbios de la ciudad del título, dónde las propias calles parecían un campo de guerra y el racismo se expandía cuadra por cuadra. Eso es lo que busca representar esta obra, cuya naturaleza combina la ambición desmedida con un cine dramático que coquetea con el miedo, y efectivamente transforma una historia real en una película de terror. Es otra obra densa, compuesta por la intensidad a la que Bigelow nos tiene acostumbrados.

Situándonos en medio del problema, este film no pierde el tiempo y nos enfrenta al ascenso del racismo y la brutalidad en las calles de Detroit en 1967. Con mucho que trabajar, la obra profundiza diversos aspectos de los históricos disturbios, sin embargo, por más que se titule Detroit y generalice mucho la época en la que toma lugar, el gran interés del film proviene de una situación especifica que reúne a todos sus personajes. El evento en cuestión es el incidente del Hotel Algiers, una situación de máxima tensión que se caracterizó por un abuso de poder policial y un latente sentimiento racista. Este incidente es el motor de lo que Bigelow y Boal buscan, dado que esa sola instancia es suficiente para canalizar todo lo que esta película debe comunicar. Es cierto que Detroit ofrece más que el Hotel Algiers (o al menos lo intenta), no obstante, lo que ocurre en ese lugar se apodera de los sentimientos a transmitir, de la reflexión a inculcar y del miedo que pretende inyectarse bajo nuestra piel.

Representando perfectamente la persecución a la población afroamericana, estamos ante una obra que fácilmente podría calificar como cine de terror. O al menos como un drama que, casualmente, incluye un relato de terror en el medio. La cinta está al tanto de todo esto, al colocar a sus personajes como peones de un tablero intenso en el que los opresores son monstruos y los oprimidos son victimas. ¿Victimas de qué? De un horror que se siente real. Esta es una experiencia más escalofriante que dramática, que utiliza la fuerza de Bigelow para explotar cada uno de los hechos dentro del Hotel Algiers; un lugar que nos permite ser testigos de una situación muy cargada.

Deteniendo todo para concentrarse en un capítulo de los disturbios de Detroit y luego continuando con algo más que un epilogo, la película está al tanto de que su naturaleza es curiosa, afectando hasta la forma en que trabaja con sus personajes. Éstos son fichas bien introducidas que eventualmente chocan en el evento principal, lo que descarta la posibilidad de encontrar al protagonista del relato. Por un momento parece ser un joven cantante (Algee Smith), luego un guardia de seguridad (John Boyega), y finalmente hasta podríamos creer que el rol principal le pertenece al antagonista (Will Poulter). Esta táctica es magnifica, dado que con ella hay espacio para la descripción de realidades diferentes, que desarrollan a los personajes y además definen las características del caos y peligro que se respiraba en el aire. Podrá parecer que la presentación de los personajes está anclada al incidente del Hotel, pero es más que eso. Cuando la película asume el titulo Detroit, es porque busca una descripción generalizada, no solo lo ocurrido en un pequeño hotel. Ahora, tomando ese hotel como verdadero protagonista, la cinta cumple su objetivo principal, sin necesidad de ampliar su mirada con más hechos o complicar más su extraña forma de narrar.

Haciendo mención de múltiples personajes que podrían ser protagonistas, también debo aclarar la cantidad de grandes actuaciones presentadas. Más que de esfuerzos solitarios, Detroit está compuesta por un reparto muy sólido en el que cada quien ofrece un aporte de peso. Este aspecto transforma las secuencias del Hotel Algiers en algo perturbador, presenciando un abanico de actuaciones muy comprometidas que incluyen tanto la desesperación y el desamparo, como también la maldad y el miedo. Sobre lo primero, está claro que Algee Smith se luce bastante como una de las victimas del hotel, viéndolo deambular por distintos niveles de sufrimiento. En cuanto a la imposición del miedo, la mejor actuación la ofrece Will Poulter, quién interpreta a un policía joven y desalmado que comienza una investigación forzada y brutal. El actor es uno de los puntos más alto de la cinta, logrando que su personaje sea el monstruo que este cine necesita. Efectivamente puedo hablar de terror, porque esta clase de personaje es más temible que cualquier monstruo clásico. La forma en que lo vemos en pantalla lo convierte en lo más tétrico que nos puede dejar el cine: un monstruo real.

Hablando del abuso policial y la opresión racial, está claro que Detroit es una película brutalmente actual, lo que indudablemente aumenta su poder. La relevancia de este relato, y la forma en que está contado, proviene de la facilidad con la que confundimos su pasado con nuestro presente. Esencialmente estamos frente a una clase de historia; ahora, digamos que el film toma sus libertades y convierte las lecciones en una experiencia completa. Ese paquete es más sencillo de experimentar que de describir, por lo que no puedo hacerle verdadera justicia a sus mejores instantes o sus escasos errores. Aún así, puedo asegurar que lo nuevo de Kathryn Bigelow cuenta con toda su dedicación y merece una mirada. Porque a medida que cumple sus objetivos, en el medio va dejando actuaciones fuertes, cine intenso, y una sensación dolorosa, anclada a una realidad vigente que aparece en pantalla.

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