Crítica | Baby: El Aprendiz del Crimen (2017)

Acomódense, Edgar Wright está aquí para subir el volumen y ofrecer otra excelente película

En 2011, Nicolas Winding Refn estrenó Drive, una obra maestra de acción artística; si es que eso puede considerarse un género. Encarada como cine arte, la película consiste en ver a Ryan Gosling como un conductor para criminales, que forma parte de distintos robos a mano armada y empieza a enamorarse de una vecina bien intencionada. En una entrevista acerca del film, su director confesó que abordó el proyecto como el relato de un conductor que escuchaba música en su radio para completar su labor. Y presiento que esa misma idea es la que empezó a rondar la cabeza de Edgar Wright (Hot Fuzz, Scott Pilgrim vs The World) cuando ideó su nuevo proyecto: Baby Driver. Sobre dicho film, no busco compararlo con Drive, solo quiero dejar claro que es la otra cara de la pieza de Refn. Igual de excelente e igual de detallada, solo que moviéndose al sonido de una balada muy diferente. Esa balada es una banda sonora completa, que pone el pie sobre el acelerador e invoca todos los talentos que Edgar Wright tiene como cineasta. A diferencia de Drive, no busquen cine arte en Baby Driver, su cine es lo más eléctrico en proyectarse este año. Se la ha llamado musical de acción, y es correcto. Correcto y logrado.

El conductor y la música lo son todo para Baby: El Aprendiz del Crimen. Hasta su argumento. Wright centra su sexto film en un protagonista cuya naturaleza pasa por escuchar música en cada momento de su vida, particularmente cuando está detrás del volante. Baby (Ansel Elgort) es un joven cuya suerte lo ha llevado a conducir con criminales en el asiento trasero, escapando de policías y escuchando ordenes de Doc (Kevin Spacey), un magnate con estrategias para decenas de robos. Cada vez que Baby acelera, la música de sus auriculares lo acompañan, y eso le da suficiente adrenalina para sobrevivir y cobrar su parte. Al menos hasta que encuentra el amor y sus ansias por dejar el crimen aumentan; decisión que Doc no toma con demasiada amabilidad. Así es como Baby estaciona frente a una situación que no podrá solucionar solo con música y un velocímetro. Sin embargo, él lo intentará.

Con unas 30 canciones orquestando el ambiente, Baby Driver parte en la búsqueda de un producto en el que su montaje y música llegan antes que todo lo demás. Esto no significa que las imágenes no funcionen o la historia no importe, el hecho es que su montaje escribe la singularidad del proyecto. Luego de establecer esa idea, Wright introduce un relato enérgico que responde a todos sus fuertes. Si Edgar Wright ha ganado respeto, es por contar con su propia forma de estilizar un film. Cada una de sus cintas es muy autentica, y en ellas encontramos una voz especialmente clara, que repite gran parte de sus trucos porque conoce la mejor forma de prepararlos. Con Baby Driver, el estilizado definitivamente tiene una presencia, hasta podría decirse que es todo, solo que no es el que hemos visto todos estos años. El film prioriza la música del protagonista y edita todo lo que puede a ese ritmo, lo que se traduce a un guion que obviamente debe haber incluido cada una de las canciones utilizadas. Por lo tanto, el director y guionista pone toda su energía sobre esa idea, y si que se esmera. Entre sonidos y canciones, Wright consigue que su dinámico argumento (menos interesado en los chistes en comparación con el pasado) siga una naturaleza fácil de disfrutar y difícil de ejecutar.

Más allá de su montaje, que obviamente funciona de acuerdo a las detalladas grabaciones, hay un cine más convencional en lo nuevo de Edgar Wright. Ésto revela a un director que se sale con la suya incluso fuera de su zona de confort. No, Baby Driver no es un drama, pero bajo su capa de música y bizarras decisiones, hay mucho cine de acción, thriller y hasta algo de romance. El libreto prueba que Wright es capaz de escribir diálogos muy ingeniosos que no necesariamente terminen con un chiste. Él encuentra formas de establecer elementos con frescura, sin caer en la exposición fácil o la simpleza de una película de acción. Sobre ese tipo de film, éste producto también pule ciertos percances, como el uso de acción gastada o mal editada. Las secuencias de velocidad siempre despliegan adrenalina, al punto en que los primeros 5 minutos de metraje consiguen superar la mitad del cine de acción entregado en 2017. Lo que intento decir es que Baby Driver cuenta con un ambicioso concepto, pero nunca se conforma con eso, resulta más que solo un “musical de acción”. Es una prueba de que Edgar Wright es mucho más hábil de lo que inicialmente imaginé, pudiendo controlar su desquiciada idea dentro de una película que perfectamente funcionaría sin la necesidad de que su sorpresa cubriera las dos horas de duración.

Si el concepto de Baby Driver abusara de su bienvenida, entonces perdería encanto. Éste se manifiesta principalmente en la acción, aunque también se apodera de pequeños detalles que le dan personalidad a todo el producto. Es algo insignificante, pero notar que la música suena diferente cuando el protagonista usa un auricular en vez de dos, eso ya ayuda a que nos pongamos en la piel del mismo y su vida de crimen. Aunque también es algo bastante genial para notar, y la película está llena de esos guiños audiovisuales. Gran parte de lo que cuenta el film es fantasioso y solo está ahí para entretener al espectador, mientras que el resto responde a los fuertes de Wright como cineasta. Él opera una trama que se gana su tensión y diversión en dosis compartidas, dónde sus personajes son pintorescos y tienen voz propia. No por nada vemos a John Hamm, Jamie Foxx y Kevin Spacey redondeando el elenco. Los tres cuentan con personajes que van más allá de un chiste y avanzan la trama. Ellos logran ser amenazantes y sus respectivos movimientos dibujan una historia al rededor de Baby que atrapa. Por un instante podríamos creer que el film se queda sin gasolina cuando su truco es revelado, pero solo esperen a que el conflicto real entre en juego. Éste nos conduce a los créditos con una satisfactoria sonrisa en nuestro rostro.

Hay problemas en su tercer acto que podrían beneficiarse de una conclusión más decidida. Aún así, Edgar Wright prueba que quiere hacer una película completa que sea más que una compañía para su exitosa dinámica, y no puedo culparlo. Baby Driver marca diversos logros. Es una producción inventiva y técnicamente ambiciosa que no requiere de efectos visuales vistosos o presupuestos sobregirados. Su modus operandi consiste en tener un gran canción y rodar a su ritmo. Y nunca deja de rodar. El film pisa el pedal a fondo y prueba que puede balancear su subrayada edición con el carisma de su narración. Se le toma cariño al protagonista interpretado por Ansel Elgort mientras evade los problemas y se cruza con toda clase de personajes memorables, por lo que no cuesta subir el volumen y dejar que la excelente banda sonora lo coordine todo. Baby Driver nos hace copilotos de la visión de Edgar Wright, así que crucen los pies y solo disfruten del paseo.

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