Crítica | Rápidos y Furiosos 8 (2017)

Volviéndose más disparatada, la franquicia celebra su séptima secuela con acción de calidad y una ridiculez consiente

¿Los espectadores serán tontos? ¿O los guionistas? Bajo la ridícula sombra de la franquicia de Rápido y Furioso, parece que su audiencia participa de un entretenimiento ignorante, que se salva de ser una telenovela solo por contar con secuencias de acción millonarias. Dicho eso, creo que la concepción de esta serie y su fanatismo ascendente están en el lugar incorrecto. No creo que sus espectadores sean tontos, o los guionistas. Y no lo digo porque yo sea adepto a este placer culposo, sino porque la inteligencia forma parte de estas cintas. Sonará irónico, pero hay cierto ingenio detrás de un buen producto burdo y una vez más, Rápido y Furioso se salva de la extinción probando exactamente eso.

Rápidos y Furiosos 8 retoma el camino revitalizante que había tomado la serie en las últimas entregas. Esa nueva vida provino de un giro hacia la exageración y la llegada de géneros relacionados con la acción pura y no solo la velocidad. Así aparecieron las misiones imposibles, la destrucción automovilística, Dwayne Johnson, Jason Statham, y mucho más. Anclada a la lógica impuesta por ese nuevo estilo, la octava entrega eleva la demencia en todas sus fronteras, apostando al “más es mejor” y aceptando la comedia que despliega la ridiculez. Ya no existe la cordura, solo queda tirar todo por la ventana y crear un espectáculo con eso. Lo importante está ahí, ya que para bien o para mal, Rápidos y Furiosos 8 es toda una presentación, compuesta por el más cómico melodrama y la clara noción de que todo vale.

El balance entre drama, acción y comedia es tan desproporcionado que el equipo detrás de la serie merece otra ronda de aplausos, principalmente por lograr un balance entre tanto descontrol. Metiéndose en una situación difícil de sacar adelante, esta entrega se centra en la traición de Dominic Toretto (Vin Diesel), un hecho que resulta imposible de justificar. Aun así, la película lo intenta, y pretende crear conflicto en el rostro del protagonista, dándole razones para volverse un villano perseguido por su propio equipo. En medio de ese aprieto, también obtenemos la llegada de una nueva antagonista interpretada por Charlize Theron, la hilarante e ilógica unión de Jason Statham al bando heroico, y un nuevo nivel de irresponsabilidad alrededor de toda la acción.

Esta entretenida pieza pierde y gana sus puntos debido al exceso. Se garantiza acción sin arrepentimientos, pero también un argumento con la calidad de una telenovela obligada a lanzar episodios por día. Las entregas pasadas lo vaticinaron, sabíamos que el esfuerzo argumental quedaría de lado, y ahora que llegó ese momento, el resultado tomó las decisiones correctas. Éste cambia nudos sólidos a favor de más entrenamiento, no razón. Y pregunta: ¿quién necesita razón cuando la incoherencia puede ser divertida? Ahí está su modus-operandi, en la delicada tarea de perder la cordura. Hay formas de hacer una buena película mediocre, y Rápido y Furioso se perfila hacia esa ruta, trasformando su reputación lentamente.

La séptima secuela va exactamente hasta dónde puede ir. No se pasa ni queda corta, y ese control supone un grado de inteligencia extraña para algunos. Si miramos la reciente XXX: Reactivado (también con Vin Diesel), su forma de operar careció de una transición correcta. Dicho film perdió la cabeza demasiado rápido y se encontró con una sencilla realidad: hacer películas exageradas y entretenidas no es tan sencillo. A este punto, el mayor fuerte de Rápido y Furioso es que eleva exactamente lo que debe y, lejos de construir mejores películas, siempre mantiene un estandar de entusiasmo gracias a la disposición de múltiples elementos.

Es fácil definir lo que funciona y lo que no. La acción sigue a la par con lo establecido en los últimos años, fabricando unas pocas secuencias de gran escala y perfecta ejecución. Lo peculiar es que esta oportunidad solo ofrece dos escenarios de acción bien definida, uno en Nueva York y otro en Rusia. Ahora, las dos secuencias son extensas, y cuentan con infinitos momentos para hipnotizar a base de la clásica parafernalia automovilística. Hay unos cuantos puntos que merecen mención, pero nada supera la acción en Nueva York, dado que ahí somos testigos de la perfecta cantidad de demencia vehicular, incluyendo más de 100 autos en una sola persecución. Las calles quedan inundadas por automóviles chocando excesivamente, y esa destrucción supera lo acostumbrado, provocando una tonta sonrisa que se alarga cuando los autos empiezan a llover del cielo. Si, prácticamente como lo oyen…

Recordando el pasado, el mayor percance del film es la falta de juego con sus personajes. La serie cuenta con protagonistas variados y la llegada de nuevas caras evita que pasemos demasiado tiempo con los personajes habituales. Esto tampoco es un conflicto penoso, porque Dwayne Johnson y Jason Statham tienen mucho tiempo en pantalla. Esto último es esencial, demostrando que ambos son la insignia exagerada de estas películas. La rivalidad entre ambos funciona, y parece que existe una lucha constante entre ellos más allá del argumento. Esa lucha se centra en ver cuál de los dos puede conjurar más locuras en menos tiempo. Digamos que el enfrentamiento es parejo, y otorga instantes gloriosos como un escape de prisión excelente. Statham es uno de los ases de esta película, y su personificación de Deckard Shaw sirve como evidencia de que esta franquicia comienza a entrar en una nueva frontera de estupidez, una extremadamente disfrutable. Decir que Statham parece estar interpretando a su personaje de Spy es muy ilustrativo, y todo lo que hace se divide entre algo sinceramente humorístico o excesivamente loco. Johnson funciona de forma similar, y parece que los dos actores se apoderan del film de vez en cuando. Una buena decisión, porque el drama de Diesel y sus decisiones tiene sus altibajos.

F. Gary Grey se encarga de esta secuela, y su mano no desentona en ningún momento. Con su reciente Straight Outta Compton, podría decirse que el cineasta tiene talento para mayor calidad dramática, sin embargo, todo lo que hace aquí demuestra control. Su trabajo ofrece otra secuela de calidad para esta serie, manteniendo las cosas claras y garantizando entretenimiento consiente. Decir que Rápidos y Furiosos 8 es una buena película supone unas cuantas justificaciones. La más importante refiere a su efecto, a como continua creando pasatiempos culposos para disfrutar en las pantallas más grandes y ruidosas, comiendo pop al sonido de motores que aún no dejan de rugir y que tomará mucho para que dejen de hacerlo.

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