Crítica | La Cura Siniestra (2017)

Gore Verbinski recibe carta blanca y construye un absorbente relato lleno de elementos tétricos e imágenes extremadamente bellas.

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En Hollywood llega un punto en la carrera de ciertos directores que les permite exigir y hacer lo que decidan. Siempre hay limites, pero si las condiciones son buenas, cualquier guion es posible, los presupuestos pueden ser abultados y el producto final es capaz de eludir el interés cotidiano. Un ejemplo reciente podría ser Guillermo del Toro, quien recibió una gran suma de dinero para filmar un anticuado relato acerca de una mansión embrujada. El resultado de esa apuesta fue Crimson Peak, una película diferente a las seguras entregas de Hollywood, que fascinó a esos selectos espectadores buscando calidad bien producida. Esta cinta es la primera a comparar con La Cura Siniestra, el arriesgado proyecto de Gore Verbinski, quien parece haber recibido carta blanca por parte de sus productores. Solo así estaríamos viendo esta extraña película de duración excesiva e imágenes cautivadoras, cuyo cometido es ser peculiar en todo aspecto.

El viaje que propone Verbinski sigue a Lockhart (Dane DeHaan), un joven escalando puestos en la empresa en que trabaja. Para ascender más, él debe contactar con Pembroke (Harry Groener), uno de sus superiores y huésped de una exclusiva residencia de salud en los alpes suizos. Su estadía en ese lugar perjudica a la compaña, por lo que Lockhart procede a viajar a Suiza, dónde el centro de curación no se ve precisamente confiable, ofreciendo respuestas evasivas respecto a Pembroke. Ese solo es el primero de los problemas para Lockhart, quien se verá obligado a pasar más tiempo del previsto en el centro, haciéndolo testigo de las técnicas de curación desde muy cerca. Demasiado cerca.

Con 146 minutos de duración, es evidente que hay más en La Cura Siniestra que la simple visita de un joven a un centro de salud tenebroso. La cinta está entregada a realizar una travesía especial, que maraville por su particularidad como película y su excelente atmósfera. Sin ese trabajado entorno, lo que quedaría sería una historia sin necesidades de extensión y giros con falta de efecto, algo que no suena prometedor. Más aún cuando la película garantiza más preguntas que respuestas. Olvidando lo mal que suenan, estas decisiones se toman bajo la concepción de que lo mejor no son las cuestiones, sino el viaje en el que las recibimos. Es así como ese viaje pasa a contar con dos garantías: que el film no tiene miedo de volverse raro, y que todas esas rarezas serán enseñadas con una habilidad cinematográfica envidiable.

Decir que el libreto es lo más descartable sería injusto, ya que entrega una sólida linea narrativa que, predecible o no, logra que miremos en toda dirección posible. Lo que deja al final del camino es ligero, pero lo que hay en medio coloca nuestra mirada en lugares atractivos gracias a su bizarra naturaleza. Los elementos aleatorios cobran especial vida a través de Verbinski, quien se une al director de fotografía Bojan Bazelli, y juntos filman fotogramas que se acercan a la perfección técnica. El film luce un aspecto que combina lo cristalino con lo gótico, alcanzando una hipnosis visual difícil de abandonar.

La producción es extensa debido a su paciencia, por lo que no hay cortes necesarios. Así como se presentan, las respuestas sirven para avanzar, y aquello sin solución cubre lo vital de la experiencia. Esa experiencia se caracteriza por agasajar al espectador hambriento por un cine bellamente tétrico e inconcluso. La nueva película de Verbinski no tiene intenciones de asustar, por lo que las imágenes inquietantes tienen un rol cautivador en vez de aislante. Uno quiere mirar todo lo que pasa por el lente, siendo colocado en posiciones simétricas y ángulos que normalmente romperían con la ilusión cinematográfica. Efectivamente, el protagonista se convierte en un paciente a merced de las misteriosas técnicas. Y su paso por el tratamiento curativo nunca deja de seducir visualmente, al transformarnos en espectadores de métodos y efectos misteriosos.

Producciones libres como ésta no llegan constantemente, y resulta raro encontrar cine tan bien producido y centrado en reiteraciones extrañas. Al igual que ocurrió con Crimson Peak hace un año, la atracción de La Cura Siniestra proviene de ver a un cineasta jugando con lo que quiere durante el tiempo que le plazca. Esa libertad asalta nuestros sentidos positivamente, haciéndonos olvidar lo irracional. La película entrega todo con dedicación para que el espectador sea cómplice de la historia, sabiendo que lo esencial es pegar nuestros ojos a la pantalla. Lo crean o no, estar a bordo del argumento es lo de menos, ya que se desprende mucho valor adicional de él. A Cure for Wellness (su adecuado titulo original) está en contacto con todos sus elementos, y la historia que crea con ellos es solo un camino para que el espectador llegue al final. Sin embargo, cada uno de esos elementos fascina por sí mismo y es enseñado con todo detalle. Ese detalle es más que suficiente para hacer de esta experiencia un bizarro placer.

7/10

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