Entre la Luz y la Pantalla 4

Celuloide Sangriento

Vivimos en una sociedad violenta. ¿Quieren pruebas? No hay más que hacer un par de clics y navegar por internet para ver informativos, artículos, imágenes o comentarios de esa naturaleza tan destructiva o negativa. En una época como ésta, ya no queda nadie a quien culpar y pocas soluciones a las que recurrir como para resolver un problema que ha ido incrementándose con el paso del tiempo. Pero aun así, el problema sigue incrementándose.

Enfrentándonos a esas demostraciones de violencia tan insanas y venenosas, contagiarse de esas actitudes es inevitable, topándonos con ellas tanto afuera como adentro de nuestros hogares. Esos refugios, que alguna vez supieron defendernos de cualquier mal, están considerablemente contaminados por actos violentos desde una televisión que alberga programas, realidades y ficciones extremas. Somos nosotros quienes controlan a esos aparatos, que apagados nos reflejan a nosotros y encendidos nos dan una imagen distorsionada, pero acorde, de la realidad. Sin embargo, siendo nosotros los dueños del control remoto, conscientemente nos exponemos a todo ese caos contenido en ese cuadrilátero electrónico. Los informativos lo mantienen a uno informado, y la necesidad real de estar al día con cada suceso se alimenta desde ese mismo lugar. Pero, ¿qué ocurre con las ficciones?

Hay material de entretenimiento de todo tipo, y refiriéndome a las ficciones específicamente, y abarcando tanto películas como series televisivas, el cine ofrece trabajos de distintas naturalezas. Ya sea que pretendan hacernos reír, llorar o simplemente cautivar, el cine es capaz de crear realidades ficticias y poner en ellas las reglas o reflejos de la sociedad que desee. Ahora, eso no limita las cantidades de violencia e imágenes gráficas que veamos en él. Imágenes a las que muchos se hacen adictos y en las que soportan y hasta defienden una demostración de violencia en cámara.

Los gritos de ira siempre se oyen en el aire afuera de las salas de cine cada vez que directores como Quentin Tarantino (Kill Bill, 2003), o quizá el más desconocido Nicolas Winding Refn (Drive, 2011), estrenan un nuevo proyecto. El contenido de esas quejas siempre es el mismo: algún tipo de comentario referente a la gráfica y excesiva violencia en el trabajo de estos autores. Comentarios que ni siquiera las múltiples reacciones positivas son capaces de detener. Estos films a los que me refiero, esos de reconocida calidad pero de gran valor gráfico, son cotidianamente halagados, pero al momento en que uno nuevo entra en escena, el caos se desata y las culpas vuelan. Así que, es necesario preguntárselo, ¿la violencia en el cine hace que nuestra sociedad sea violenta?

Todos hemos sido niños, y alguna vez hemos imitado las actitudes de nuestros mayores, después de todo son nuestros modelos a seguir. Así que, en una sociedad en la que elementos como la televisión o el internet comparten ese deber de inculcar valores, la exposición a los ejemplos de conducta han cambiado. Por ello, el contenido de los mismos debe ser mucho más cuidadoso que antes, sin embargo, no lo es.

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Empezando desde el hecho más básico; ya sea exagerado o no, el nivel de brutalidad en el cine suele estar inspirado, o suele jugar, con el grado de violencia en el mundo. Sí, hay cientos de casos en los que la violencia traspasa la delgada línea de la realidad resulta humorística en su exageración, pero el conflicto siempre yace en como recibirá el espectador estas imágenes tan gráficas.

Los diferentes informativos televisivos comparten absolutamente toda noticia relacionada con los actos de crueldad o brutalidad, sin embargo, el medio tiene cierto límite en cuanto a lo que puede y no puede mostrar de los mismos. Por supuesto, el hombre es un ser curioso por naturaleza, y en nuestra sociedad, esa curiosidad recibe una transformación. Esa curiosidad por poco se transforma en morbosidad. Se convierte en el deseo por ir más allá y descubrir que es aquello que no hemos visto o experimentado aun, incluso si luego nos arrepintamos inmediatamente después de abrir los ojos frente a una imagen que creíamos desear.

Violencia en la televisión. ¿Desagradable, interesante, o morbosa?, un artículo reciente al que me expuse,  explica lo siguiente frente al comportamiento humano en torno a los medios de comunicación: “Lo más habitual es el interés, la motivación natural hacia su visionado. Pero dicho interés no se refiere en principio a nada negativo ni morboso, sino precisamente a una razón tan lógica como la ‘la necesidad de conocimiento’”. Frente a este comportamiento es que entra el cine violento, grotesco y hasta mórbido en su imaginación. Aunque, hay una razón para que exista, dado que el mismo es consumido, apreciado y comentado con mayor detalle que aquellos productos sin un gusto maduro, o sin el grado de violencia realista que el público adulto suele exigir en su cine.

Por más que el nivel de violencia pueda rotar entre película y película, una cosa es segura, el cine contemporáneo está infestado por el factor violento en grandes dosis. Esto hace que incluso masacres y catástrofes enromes sean algo de todos los días en una sala de cine, quizá hasta aburriendo a la audiencia con las mismas. El mismo director danés Nicolas Winding Refn, reconocido por su brutalidad sangrienta y estilizada explica “Si ves demasiado de ella, comienzas a desprenderte de ella, y es ahí donde la violencia puede volverse peligrosa para la psique, porque ya no tiene un significado.” (Screenrant.com, 2011). Y el director no termina ahí, agregando su aporte más importante luego de tal enfoque sobre la violencia. El agrega, “es un efecto aterrador”, y en lo personal, no podría estar más de acuerdo con él. Solo que no es algo en lo que me centre cada vez que experimento alguna de sus obras.

El espectador moderno requiere algún tipo de incentivo para disfrutar del entretenimiento, y el factor violento se ha convertido en ese estímulo particular que despierta a una audiencia desinteresada. Pero no culpen al cine de que deba recurrir a la brutalidad gráfica, culpen a la sociedad de su actitud violenta, que sin ella, puede que al cine nunca se le hubiera ocurrido mancharse las manos con tanta sangre.

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Debe existir algún tipo de imagen de un proyector en llamas con una cinta de celuloide bañada en sangre cada vez que el cine de Tarantino, Refn, o incluso de maestros como Martin Scorsese, llega a una sala con sus acostumbradas escenas gráficas. Esa imagen está en la mente de aquellos que constantemente se oponen a la existencia de la violencia en el cine, esencialmente rechazando el trabajo de diversos artistas.

Planteándome una pregunta en torno a las críticas de esos individuos y sus ideas antiviolencia en el séptimo arte, ahora tengo otra interrogante para ellos: ¿qué ocurrirá si un entretenimiento como es el cine no estaría dispuesto a enseñar la violencia?

Hablemos de los instintos violentos entonces. Los mismos están ahí en alguna forma u otra en nuestro ser, y necesitan ser saciados. No, no pretendo que crean que sin la violencia en el cine el índice de asesinos en serie crecería, pero estoy bastante seguro de que muchos saciarían sus necesidades curiosas por otros medios. Y personalmente, me da escalofríos pensar en que medios serian esos.

El público ha demostrado en diferentes ocasiones que apoya y disfruta de la violencia en el cine, dado que la misma es, al menos en el menor de los casos, acorde con la que vemos cotidianamente en la noticias tanto televisadas como en línea. El tipo de violencia que ofrecen las películas o series de televisión cumplen cierta labor social, por llamarla de alguna forma. En una sociedad como la que describí al inicio, es decir, la contemporánea, los notorios impulsos violentos no pueden ser domados ni suprimidos de la noche a la mañana. Pero creer que podemos prevenir algunos de ellos no es precisamente una idea errónea, incluso si la misma requiere algún tipo de medida extraña como es la exposición de actos violentos en nuestros medios de entretenimiento.

Los actos representados en el cine contemporáneo no son más dañinos que los que la sociedad en sí nos proporciona. Por ello, el cine no es culpable de esos actos tan deleznables que realiza esta sociedad, el cine solo se comporta acorde con ella. La violencia está impuesta en nuestras mentes y está inyectada en nuestra sociedad, entonces, déjenme preguntarles, ¿por qué no debería existir en el cine?

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