Crítica | Mad Max: Furia en el Camino (2015)

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Es ese momento. Ese momento en que, tras recomendar y escribir sobre cine, por fin puedo referirme a una experiencia única en una sala. Tengo el deber de señalar a Mad Max: Fury Road como un evento cinematográfico sin precedente en el siglo XXI; como una superproducción desafiante, y como un tipo de película perdida en el tiempo. Eso, valorándola con toda la importancia que la película carga en esta era de superproducciones insulsas y repetitivas. Pero permítanme olvidar lo que representa solo por un instante, ya que además, Fury Road es obviamente una demencia técnica y un entretenimiento sin control.

La película abre su locura con la imagen de Max Rockatansky (Tom Hardy) de espalda a su icónico auto. Rodeado por arena y calor, Max llena su estómago engullendo una lagartija en el piso, enciende su vehículo y desaparece bajo una montaña. Ese es el fin de la tranquilidad, cuando detrás de él, un grupo de cazadores comienzan a perseguirlo hasta capturarlo. En ese instante, pasando solo minutos dentro de su infierno, Fury Road se explica por sí sola y nunca se detiene. Abre sus puertas por la carretera devastada y espera que disfrutemos del viaje.

Su furiosa forma de narrar lo aclara desde las primeras secuencias. La cinta está interesada en un mundo desarrollado, en balas y en vehículos golpeándose entre sí. Por lo que sí, esencialmente, George Miller regresa al mundo post-apocalíptico de Mad Max para darnos una persecución de 120 minutos, llena de escalas imparables y en constante ascenso.

Con pocos elementos para analizar, dado que el film nunca necesita más de lo que muestra, el campo de batalla es lo más importante de todos ellos. El personaje de Max podrá imponerse en medio del primer cuadro, pero el terreno vacío a su alrededor es quien resalta a cualquier objeto dentro de él. El film se explica simplemente enseñándonos su mundo de fuego y supervivencia, ya sea dentro de una escena de acción o en uno de sus escasos momentos de presentación. Lo que se le ofrece al espectador para que entienda donde se encuentra, es definitivamente vago. Pero, esa escasa información hace algo mejor que explicar, la misma deslumbra al no comprender todo.

Por supuesto, lo mejor de este mundo, es la señalada y obvia demencia de sus actos y personajes. Basada en un cine concebido entre superproducciones de los 80, la naturaleza bizarra está impuesto en pantalla, y la misma es una pieza necesaria para que esta máquina oxidada funcione. Mad Max no solo admite la extravagancia de su mundo, sino que la abraza, como algo de todos los días. Algo que sorprende al espectador, pero se ve común para los peones en el juego. Fury Road es una cinta en la que un convoy de vehículos bizarros parte hacia una guerra, y entre sus líneas, un camión transporta tambores, amplificadores y a un guitarrista ciego que lanza fuego a través de su alocado instrumento. La demencia de estos guerreros de carretera, los lleva a tener con ellos su propia banda sonora en vivió, y esa sola tontería es el tipo de brillantez que carga el film. Brillantez que de verdad se potencia cuando el metal choca, los motores rujen y las balas vuelan.

Mad Max: Furia en el Camino tiene la mejor acción y el mejor despliegue de efectos prácticos en décadas. Eso sonara como un montón de condiciones para señalar que el film es el mejor dentro de ciertos parámetros. Pero no. Es posible denominarla una experiencia única, así como un ejemplo, cuando remakes como los de Robocop y Total Recall han desmantelado sus respectivos materiales. Mientras esos productos dejan trabajos sin gusto, Mad Max construye encima del cine que le dio un nombre 30 años atrás. Este resultado si tiene sabor, y ese gusto es de furia, violencia, y un dulce sentimiento demente.

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Esa persecución que de verdad abarca toda la duración (frenos y diálogos aparte), su acción es de una intensidad constante. El director George Miller, de ya 70 años, captura la adrenalina a través de encuadres dinámicos y casi imposibles. Su ojo se introduce en el fuego y en la arena, y lo hace por encima y por debajo de los vehículos. Todo está brillantemente orquestado, y por un segundo, hasta la más extrema de las locuras parece tener sentido.

Producciones recientes, como las de los cineastas Mark Neveldine y Brian Taylor (Crank, Gamer), han intentado capturar el tipo de cine que es Fury Road. Sin embargo, la locura de ambos directores no cuenta con la armónica combinación que propone Miller. No hay un segundo en estas dos horas en las que alguien o algo en pantalla no esté al tanto de las intenciones establecidas. Los tambores y las guitarras suenan, los dementes vuelan alrededor de la pantalla y los vehículos llevan sus motores al límite. Esa imagen tan grotesca e insana, es simplemente perfecta, y la misma consigue que su acción no cuente solamente con un punto memorable.

Puede que el personaje no requiera mucho, ni tampoco tenga demasiados dialogos, pero Tom Hardy realiza un entretenido trabajo reemplazando a Mel Gibson como Max Rockatansky. En él se ve la locura, el ingenio y la fuerza, y francamente, no podríamos pedirle más. Igual de comprometida, Charlize Theron no se mantiene callada como Furiosa, una conductora en busca de redención, cuyo intento de hacer lo correcto despliega la fina trama de la cinta. Ella y Hardy parecen estar en la misma página, y cuando están unidos, está claro que sus personajes se entienden. Lo cual, según la naturaleza de este mundo, es la mayor señal de química posible.

Si bien los efectos prácticos son la clave, todos los aspectos técnicos cumplen su parte del trato. La banda sonora de Junkie XL es una combinación de tambores y guitarras electicas, que obviamente combinan con la impaciente edición de Margaret Sixel. Por supuesto, ambos elementos están amparados por las imágenes que Miller y el director de fotografía John Seale les proporcionan. Sumamos todo, y la mezcla es el máximo esfuerzo en calidad técnica, algo que simplemente no existe en las salas de cine modernas.

La mencionada intensidad acaba funcionando debido a que nadie, ni el espectador ni los responsables del film, se aburre. El alocado trabajo detrás y delante de la cámara mantiene su propósito, y quien lo admira no acepta un solo freno. La monotonía esta fuera de la ecuación, y aceptar la promesa de esta experiencia significa comprometerse a dos horas del mejor cine post-apocalíptico y de acción. Quien no esté dispuesto a ver todo eso, que se abstenga. El resto, que se abroche el cinturón. Mad Max: Fury Road es una inyección de adrenalina alucinógena que no hace otra cosa más que intensificarse; y si el efecto desaparece, solo hay una razón, es porque los créditos ya han empezado a ascender.

10/10

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