Crítica | Delirium (2014)

Vi “Delirium” durante el 13º Festival de Cine de Montevideo.

Podría tomarme las cosas con tranquilidad, mirar el lado bueno, y simplemente encontrar una pizca de ironía en el debut del director y guionista Carlos Kaimakamian Carrau. Si hiciera eso, es posible que me costara dormir por las noches, siendo una de las mentiras más atroces que sería capaz de ingeniar. La misma tendría sentido en el contexto que esta “película” presenta, pero no estaría evocando la verdadera ira que desata en mí.

Con esa reflexión en mente, presentada con la mayor cordialidad que puedo ofrecerle a este producto, es hora de afrontar los hechos con la atención que merecen. Delirium es absolutamente atroz, no hay razón para buscar puntos positivos o algo similar, simplemente es una catástrofe.

Empezando por lo básico, Delirium nos pide que conozcamos a Federico (Miguel Di Lemme), Mariano (Emiliano Carrazzone) y Martin (Ramiro Archain), tres amigos cuya suerte en la vida es equivalente a su pereza y tontería. Perdiendo la mayor parte de su tiempo en un bar, los tres despiertan de sus aburridas existencias para pensar en una forma de hacer dinero de forma fácil. ¿La respuesta? Hacer una película.

El plan que ofrece Federico no es hacer cualquier película, sino que se trata de filmar algo sin ningún presupuesto o gasto, y hacer fortunas con dicha cinta, habiendo oído una absurda historia que prueba que el plan es posible. Por supuesto, como cualquiera imaginaria, ¿quién en su sano juicio aceptaría ver dicho film? Si, la respuesta es: nadie. Es así como deciden traer a Ricardo Darín a bordo de su delirante proyecto, siendo la persona que les asegure el éxito que buscan.

Cuando mencione la ironía, la misma refería a que Carrau ha hecho exactamente lo que proponen sus personajes: una película mediocre y barata, que sea lucrativa gracias a la participación de Ricardo Darín. Como dije, eso sería ser amable, ya que Delirium no merece calificar como película. Siendo específico, se trata de una mezcla de imágenes dignas de Youtube, en las que el sentido, la calidad y el humor, reciben un escupitajo en la frente.

Dividiendo sus horrores, hay tres actos claros en este vergonzoso esfuerzo: 1) El malo por sí solo, 2) El que tiene a Darín y 3) El esquizofrénico final. Es posible que podamos señalar algún tipo de mejora a medida que el film llega a su segundo acto, pero simplemente se debe a la participación de Darin, quien se ríe de sí mismo, y quien debería sentir vergüenza en estos momentos. Su aparición es parcial, y califica como un cameo extenso más que como un papel principal, pero eso no justifica su aporte. Su interpretación, que de seguro fue bastante improvisada (No estoy seguro de que existiera un guion para Delirium) tiene sus momentos humorísticos. Gracias a él, y a nadie más, es que luego de unos 50 minutos de tortura, logre esbozar una sonrisa. La mala noticia es que reír por este trabajo, es más doloroso que mantenerse enojado.

Habiendo mencionado a Darín, no puedo olvidar a los tres protagonistas que encabezan el incoherente relato. Acá no hay razón para disfrazarlo, todos ellos merecen el título de “enemigos públicos de la comedia”. Ninguno es medianamente cómico, sus diálogos no ayudan, y salvo un esfuerzo minúsculo por parte de Miguel Di Lemme, estos personajes, y las encarnaciones de los mismos, son asombrosamente odiosos.

Me siento obligado a tocar la completa estupidez que este film no para de lucir con entusiasmo. La misma, puede ser denominada como delirio por sus creadores creyendo que es cómico, pero no hay nada gracioso en la insana demencia con la que se concluye el asunto. El film no solo decide terminarse de un momento a otro. No, el mismo tiene el valor para saltar de incongruencia en incongruencia, en dosis cada vez más altas. Sin poder describir la vergonzosa edición, narración y sentido de este final, si puedo declararlo como el último de otros muchos clavos sellando este ataúd. Un ataúd que merecía permanecer en lo más profundo del suelo.

Seré lo más breve y franco posible. Este conjunto de secuencias y clips aleatorios (no la denominare una película) llamado Delirium no merece mi atención, ni la de nadie. Simplemente es una obra en la que sus responsables no deberían sentir algo más que vergüenza, deshaciéndose del arte, la coherencia y cualquier otro elemento que la convierta en cine. ¿Dónde entra Ricardo Darin en todo esto? Quien sabe, y a quien le importa realmente. En lo personal, yo tuve suficiente, y cualquier espectador curioso debería mantenerse alejado, si es que le gustaría evitar una importante furia.

El cine argentino acaba de recibir un golpe difícil de olvidar…

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