CRÍTICA | THE MAZE RUNNER: CORRER O MORIR (2014)

El laberinto en The Maze Runner: Correr o Morir guarda unos cuantos secretos tras esos gigantes muros. Claramente se trata de una aventura de misterios, a medida que recibimos la misma cantidad de pistas que el protagonista de turno. Sin demasiadas soluciones dentro de este enorme rompecabezas, hay algo tanto disfrutable como sinestro, en deambular por él sin nada más que preguntas. Lamentablemente, si existen respuestas, y las mismas incluso superan la inevitable decepción. En lo que refiere a esta adaptación literaria juvenil, hubiera preferido quedarme con mi desconcierto.

Con un comienzo capaz de despertar la curiosidad de cualquiera, la cinta se introduce desde un oscuro ascensor que se eleva sin freno. Dentro de él, Thomas (Dylan O’Brien), un joven con valentía, despierta sin saber quién es, o como ha llegado hasta ahí. Por supuesto, su nublada mente entra en un torbellino aun mayor cuando las puertas del elevador comienzan a abrirse, ya que su destino no resulta ser otro que el centro de un inmenso laberinto. Sin embargo, Thomas no está solo, viendo a otra gran cantidad de jóvenes vigilándolo y enseñándole las reglas de este tétrico lugar. El desolado sitio pronto demostrara que tiene unas cuantas normas a seguir, aunque ninguna resultara tan importante como la primera: Está prohibido entrar en el laberinto.

Titulada The Maze Runner (El Corredor de Laberintos), no es necesario mencionar que Thomas acabara recorriendo los pasillos del diabólico lugar en el título. Pero, si de algo se beneficia gran parte de la cinta, es del aura enigmática que hay por encima de ella, por lo que no conviene avanzar más datos de este concepto, o de su obvia franquicia esperando para formarse.

De ser necesario, si podemos hablar de franquicias, y de que tanto vale este proyecto dentro de las populares adaptaciones literarias. Puede que Correr o Morir se vea obligada a darle una suerte de clasificación a cada individuo, y es posible que la productora que aprobó el film muera por crear una serie lucrativa a partir de este relato. Pero en su mayor parte, la adaptación dirigida por Wes Ball es capaz de cargar con su propio sabor, dentro de un juego lleno de sagas a medio empezar y cintas demasiado similares.

Por el bien de mi argumento, puedo admitir que la película no me recuerda a Los Juegos del Hambre, o a Divergente. La misma, me recuerda a El Cubo; y no creo que exista mejor elogio, teniendo en cuanta como el estudio detrás de Maze Runner ha calculado su apuesta detenidamente. Esta historia es digna de un buen, y quizá olvidado, cine de terror; aquel capaz de imponer ciencia ficción dentro de una aislada propuesta. Apuntada a un público joven, nunca esperaría que la cinta abrazara dichas sensaciones, pero durante una considerable cantidad de minutos, ésta realmente lo hace.

No son tantas las preguntas que el film plantea, ya que la situación en la que Thomas y sus compañeros se encuentran, es una incógnita bastante amplia por sí misma. Es por ello que la curiosidad manda en esta ocasión, y la misma solo se eleva, una vez que nos enfrentamos cara a cara con aquello que tanto aterra a los adolescentes esperando afuera del laberinto.

Algo vive dentro de esas gigantescas paredes, pero eso no sería tan relevante si no fuera por el diseño entre las mismas, el cual termina de vendernos las principales ideas. Ya sea por los futurísticos entornos o las desagradables e inventivas criaturas, la película gana su propia estética, y el comportamiento de la misma es atrapante en consecuencia. Incluso con un presupuesto relativamente bajo, el punto visual aún se vuelve más intrigante que el argumental durante los mejores momentos. Por lo que no es casualidad que sea el aspecto narrativo quien acabe decepcionando.

Siendo una narración bastante simple y segura durante unos 100 minutos, es reprochable que el epilogo acabe destruyendo lo construido. Es algo sencillo, la conclusión a la historia es tan atropellada como innecesaria, al decidir servirnos todas las respuestas que buscábamos de forma inútil y sin emoción. Dejándonos más confundidos que confiados por lo que podría venir, se trata de una primera instancia, por lo que la paciencia e interés no merecen ser respondidos con tan poca determinación.

En vez de aludir a determinados hechos, los mismos irrumpen en pantalla a solo cinco minutos de comenzar a ver créditos. El problema entonces, está en admirar una narración casi completa, solo para llevarnos a otra mucho menos desarrollada, expuesta solo por la necesidad de crear un hueco donde enchufar el siguiente capítulo.

Respetando todos sus aciertos, The Maze Runner aún es un trabajo con nervio suficiente como para introducir “Fase Dos” en su última línea de dialogo. Por ello, por más que no pueda condenarla debido a sus minutos finales, tampoco puedo permitir que alguien se abra camino por este laberinto, sabiendo que es lo que hay al final de él.

Si lo que requieren es un consejo, siempre se puede dejar la sala 10 minutos antes, y es seguro confiar en que el secreto resultara más prometedor que la verdad. Eso debería mantener la intriga, al menos hasta que la confirmada secuela irrumpa en cines en menos de un año. Puede que ahí si sea necesaria la información que este primer capítulo brinda. La mala noticia es que yo ya he adquirido dicha información, y la misma acabo costándome todo mi interés…

5/10

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