CRÍTICA | ROMEO Y JULIETA (2013)

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Hailee Steinfeld y Douglas Booth en Romeo y Julieta

¿Necesitamos desarrollar la importancia de Shakespeare en la historia de la literatura? No lo creo. Así de icónicas son las palabras del autor, recordando además que aquellas pertenecientes al romance entre Romeo y Julieta son algunas de las más reconocidas. Sin embargo, esas palabras no pueden ser repetidas o recreadas por cualquiera. Lo que ocurre cuando es intentado sin la capacidad correcta es una completa catástrofe, ya que los diálogos de Shakespeare son particulares, y usarlos sin cuidado puede alterar sus intenciones. Olvidemos el doloroso romance, existen dos aspectos acreditables a esta nueva versión de Romeo y Julieta. Por un lado, su naturaleza como sentencia dentro de una sala de cine, y por otro, lo sencillo que es burlarse de ella cada vez que abre su boca.

Al igual que no pretendo expandir sobre la relevancia de William Shakespeare, tampoco iré demasiado lejos para desarrollar la trama de una de sus obras más celebres. No debo hacerlo tampoco, dado que nos topamos con una adaptación completamente vacía en innovaciones, o razones para volver aquella Inglaterra donde el enfrentamiento entre los Montesco y los Capuleto era el evento de la ciudad. Sin alteraciones emocionantes y casi sin actuaciones relevantes, nadie debería hacerse ilusiones con este producto. Eso que todos esperan, ocurre, y durante los 110 minutos previos, nada convierte el suceso en algo relevante.

Si debo ser franco, creo que el momento en que una historia recibe el tratado de Baz Luhrmann, utilizado en la reciente adaptación de El Gran Gatsby o en Romeo + Julieta, debería ser el punto final de dicha adaptación. A esa altura, aquel relato ha recibido hasta el último apretón, exprimiendo todo su potencial. No significa que cualquier otra versión no pueda mantener nuestra atención si no se viste de brillantes y se desarrolla en el futuro. Dicho eso, no puedo evitar que este tipo de idea acabe con la poca vida que tiene el tratado que presenta Carlo Carlei en esta ocasión.

No solo se necesita un presupuesto bajo, que se nota en unas cuantas secuencias, para perder el norte en una historia de estas sensibilidades, donde cada palabra debe ser poética. Adquiriendo el trabajo de la nominada al Oscar, Hailee Steinfeld (Temple de Acero) para interpretar a Julieta, uno se percata ágilmente de que la dirección sobre este elenco es definitivamente menor a la necesaria, sabiendo que Steinfeld tiene talento. Si su co-protagonista, Douglas Booth, lo tiene, eso no es notorio en esta ocasión, sabiendo que verlo recitar frases de Shakespeare es vergonzoso para el espectador, siendo difícil creer alguna de las palabras que repite constantemente. Pasados 60 minutos, oírlo referirse a sí mismo en tercera persona, entre dolor y supuesto amor, es el límite de lo soportable. Fuera de su personificación, si bien no estoy al tanto de que sea un problema en la obra original, el personaje de Romeo resulta demasiado frustrante. Entre sus interminables actitudes infantiles hasta la simple forma en que se enamora de Julieta, su personaje es problemático durante la mayor parte de la cinta. Lo que, siendo el protagonista, pasa de ser algo cómico a un conflicto sin respuesta.

Luego esta Paul Giamatti, quien merece la única mención positiva en el asunto. No hace falta saber de ante mano de lo que es capaz, el actor trae el mejor de sus juegos a esta adaptación, lo deja todo en la piel del Fraile Lawrence. No solo es convincente, estoy bastante seguro de que su papel debió ser extendido durante el montaje. Ano confundirse, tampoco se trata de una revelación, es el simple contraste de alguien capaz de trabajar con el material y hacer de sus líneas algo coherente y creíble. Puede que se trate del estado de las demás escenas, pero las secuencias con Giamatti hacen el trabajo sucio de mover adelante un film estancado.

Durante un pequeño instante, decidí pensar en que diría Shakespeare de este insípido retrato de su obra, y si soy sincero, ni siquiera puede resumir dicho pensamiento centrándome en el hecho de que el escritor se asustaría al ver a un par de personas actuando dentro de un rectángulo en la pared. Supongo que eso debería hablar del poco interés que ofrece esta interpretación de un clásico de por si exhausto. Creo que adjuntarle una adaptación como ésta a cualquier otro trabajo del dramaturgo inglés sería un delito. A este punto, debemos desear que no ocurra. Aunque, no puedo imaginar quien querría convertir otra parte de un legado literario en algo tan peligrosamente agobiante.

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